domingo, 3 de abril de 2011

Posible y espiritual

Por Rodrigo Pinto 
Para El Mercurio 2/4/11


Iosi Havilio nació en Buenos Aires en 1974 y Estocolmo es su segunda novela. La primera, Opendoor, apareció en 2006 y, aunque casi secreta, lo puso en el ojo de los que se precian de descubrir tendencias. Así las cosas, nada de raro que Havilio haya pasado a un sello de alcance masivo y que su libro se venda en Chile. Y aquí viene lo paradójico: salvo una breve y entusiasta nota en la revista Qué Pasa, no ha habido más referencias. Porque no sólo se vende en Chile, también transcurre, mayormente, en Chile, el protagonista es chileno y Havilio escribe una novela chilena que toca dos teclas muy sensibles: el quiebre democrático en 1973, el exilio y el regreso, por una parte; y, por otra, el homosexualismo y sus condiciones de vida. Y aunque el lenguaje a veces rechina y cruje, porque, por mucho que haya investigado, a Havilio se le cuelan usos que no corresponden a los hábitos locales, y aunque el Santiago que dibuja suene a ratos fantasmal y desconocido para un chileno, también es un Santiago posible que se reconoce más bien en el clima espiritual, en esa chatura impasible de los pasajes del centro, que en las tiendas de chucherías o en las discotecas que Havilio incorpora a la trama.

Pero lo más curioso de todo es que la novela sólo enuncia esos temas o, más bien, los sitúa como el marco para otra cosa, para una novela que nunca se sabe bien hacia dónde va y que por lo mismo no deja de sorprender hasta el final, un final impresionante y enloquecido que parece suspenderlo todo. Es que René, el protagonista, vuelve a Santiago 30 años después, pero casi por casualidad, sin proponérselo, sin buscarlo; y en ese regreso debe afrontar la doble herencia de su pasado, el que quedó en Chile (su madre, recluida en un hogar de ancianos en Concepción), el que lo persigue desde Estocolmo (su amante serbio, joven, turbio, violento e impredecible) y su miedo a los aviones, que puede simbolizar también el pánico ante el movimiento y la emergencia de lo inesperado. ¿Y su exilio? Es menos relevante, porque también es parte de la manera en que el destino toma decisiones por él. Con esos elementos, Havilio construye una gran novela, cuidada, a ratos hipnótica en ese errar entre la biografía convencional y el asalto permanente del azar a nuestras convicciones, temores y creencias.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Hermoso y aterrador

Por Gonzalo Maier para Revista Qué Pasa

Hay talentos y talentos. El del escritor argentino Iosi Havilio, por ejemplo, es escribir novelas magistrales sin que nadie se dé cuenta. Ya lo hizo con Opendoor (2007) y ahora lo repite con Estocolmo, la hipnótica novela de René, un exiliado chileno que luego de 33 años viviendo en la capital sueca decide viajar a Santiago junto a dos adolescentes de la Cruz Roja. La verdad es que uno nunca termina de entender los motivos del viaje, pero sí que Boris, su salvaje y sádico amante bosnio, lo quiere matar. Y a René, un tipo perturbadoramente apático y retorcido, un chileno que conoció lo peor de Suecia, no se le ocurre más que esconderse entre los cines gay del centro de Santiago, en las playas de Cartagena o en el asilo de provincia en el que tiene a su madre. De paso, el protagonista, adicto a las redes sociales porno y malcriado por culpa del bienestar sueco, protagoniza una estupenda y alucinada novela sicológica. Y eso que no dijimos una palabra sobre ese final tremendo, apocalíptico, hermoso, aterrador...
 

lunes, 14 de marzo de 2011

Fantasmas

Por Mariana Figueroa para Revista Intemperie

Cuatro años después de la publicación de Opendoor, su primer libro, el escritor y guionista argentino Iosi Havilio sorprende con esta segunda novela que logra conmover por dos razones esenciales: la primera, el estilo íntimo de una narración en tercera persona que a ratos se asume como si se tratase de un testimonio referido desde la óptica personal del protagonista; y segundo, la creación de un personaje que materializa la complejidad, el abatimiento y la decadencia del ser humano de un modo alejado de los lugares comunes.

Forjador de una personalidad insegura, René, de cincuenta años, opta por regresar a su Chile natal tras haber vivido 33 años de autoexilio en Suecia. No se trata de un retorno definitivo, sino más bien de un viaje pasajero que el protagonista aprovecha de realizar junto a un grupo de voluntarios de la Cruz Roja que viajarán a Santiago para impartir cursos de primeros auxilios. El vuelo refleja la oportunidad de desprenderse de los conflictos en que lo ha involucrado Boris, su amante serbio y, tal vez, el afloje definitivo de esa obsesión que los tiene sumidos a ambos en un juego de poder y perversiones.

La decisión de volar –pese a una fobia progresiva a los aviones– marca el comienzo de la historia y a su vez simboliza el punto de arranque del viaje interno del personaje, el inicio de una suerte de tregua que no se consolida del todo, una renovación que es, en realidad, un recambio de sus propios fantasmas.

Una vez en Chile (hospedado en el hotel Metrópolis del barrio Brasil, junto a Saga y Elías, voluntarios suecos de la Cruz Roja), René se entrega a la contemplación de una ciudad que no es la suya, un espacio suspendido en la memoria, un escenario que se arma mediocremente en su cabeza a partir de los recuerdos del joven socialista que fue, ese que abandonó su país a los dieciocho años -apenas un par de días antes del Golpe- y que, por lo demás, nunca fue santiaguino.

Se perfila como un desfasado que no logra entenderse con el tiempo, (“esa invención melancólica”, según un aforismo que él mismo cita), un individuo de comportamiento torpe e impredecible que siempre tiene la atención puesta más allá, en ese alguien que se escapa del presente, la figura de su amante, Boris, que lo apabulla y que se erige como una amenaza capaz de traspasar las fronteras de los países para seguirlo a todas partes, como si en ningún lugar pudiese estar a salvo de ese delincuente y su sombra cruel que lo excita, lo deleita y lo llena de terror.

El morbo de este vínculo, al parecer indisoluble, es uno de los grandes temas de la novela. Se expresan así todos los síntomas de una pasión fatídica, la atracción más pura por lo nocivo, la necesidad de vivir atado al objeto de placer sexual, pese al daño.

Havilio domina magistralmente la intriga primordial que atraviesa la novela, pero parece lucirse incluso más en el manejo nostálgico de las emociones de un homosexual que no sabe qué hacer con su cabeza, un hombre aquejado por las crisis de pánico y la depresión que no logra asumir del todo, un señor cuyos rasgos infantiles están claramente delineados, que ingiere barbitúricos al azar, sin dosis fija ni horario, un expatriado que se conmueve mirando una figurita de esas que nievan por dentro y al que la caída de Salvador Allende lo sorprendió en otro país, justo cuando él mismo se enfrentaba a su propio golpe interno, ese que lo llevó a prolongar por 33 años un viaje que debería haber durado sólo algunos días.

A pesar del constante telón político de fondo –como la “revolución de los pingüinos” durante la visita a Chile, entre otros de relevancia mundial– y del tratamiento de un tema recurrente en la literatura (el regreso de un exiliado a un país que ya no reconoce) Estocolmo es en realidad una novela de personaje. Los sucesos externos sólo cobran vida a través de la mirada de René y nunca adquieren más importancia de la que tienen las vivencias subjetivas de él mismo, que se debate constantemente entre el sexo duro y la debilidad de su cuerpo propenso a la vejación, un cuerpo que alberga un dedo índice deformado producto de un cercenamiento grotesco en la infancia, que será el recordatorio eterno de que la suya es una existencia marcada desde el inicio y para siempre por la huella del dolor.

domingo, 9 de enero de 2011

Angustias del perseguido

Por Martín Lojo
Para adn  Publicado 7/01/2011

En su segunda novela, Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974)confirma su capacidad para escapar a los lugares comunes de las disputas estéticas actuales. Sus relatos no tienen la impronta de la literatura "experimental" que rompe una y otra vez esquemas narrativos ya quebrados ni son intentos de "narrar una buena historia".

Con una prosa austera, Havilio crea un estilo personal, en el que los cambios de los personajes surgen de las acciones que les impone el contexto, sin que ningún suceso ocupe el centro del relato y se transforme en un momento de iluminación. Ni la llana habilidad de un relato "bien escrito" ni novelas de narradores "esclarecidos". El discurrir de la trama y las intrigas y tensiones no resueltas fascinan por su propio movimiento.

En Open Door (2006), Havilio narraba el pasaje de la ciudad al campo de una joven estudiante de veterinaria. Luego de la desaparición de su amante, la narradora se trasladaba a Open Door y comenzaba una convivencia muda con un granjero rústico. La quietud perturbadora de la vida pueblerina adquiría frenesí con la aparición de Eloísa, una adolescente en ebullición con la que la narradora mantenía intensos arrebatos eróticos. La narradora, apenas activa, se asimilaba paulatinamente a ese mundo extraño. Sin algo de la bella morosidad de aquella novela pero con mayor precisión narrativa, Estocolmo narra el regreso a Chile de René, un hombre homosexual de cincuenta años que quedó varado en Suecia en su adolescencia, cuando viajó a una asamblea de las Juventudes Socialistas y fue sorprendido por el golpe de 1973. Su vida en el exilio transcurrió entre su trabajo en la Cruz Roja, algún amante y el encuentro con Boris, un joven serbio, violento y drogadicto con el que mantiene una relación masoquista. Luego de treinta años, René vuelve a Chile, perseguido por la sombra de Boris, a quien denunció por participar en un delito y que lo amenaza con "arrancarle los ojos de la cara".

El regreso a su tierra permite el despliegue de los miedos de René (a volar, al reencuentro con su madre, a que Boris lo encuentre) y sobre todo de la angustia. Paradójicamente, Estocolmo es una novela psicológica porque carece de psicología. No hay personajes autoanalizados ni narradores que los analicen. René, como la narradora de Open Door , es un personaje pasivo, complejo pero casi inexpresivo, de "grado cero" como el Mersault de Camus (en algún momento de Estocolmo se dejan oír "tres golpes en las puertas de la desgracia"). En su viaje a Chile, los síntomas de su angustia se suceden, pero no abren las respuestas de su inconsciente sino que estallan en la superficie, como una pregunta. El remolino agitado de un vaso de piscola le produce una hipnosis que lo excita, sin devolverle la causa de su excitación; una antigua melodía lo captura como si cifrase "algún mensaje secreto"; los relojes de una vidriera atiborrada le producen "una pesadilla de fiebre alta" y lo cautivan con una "mezcla de banalidad y epifanía". A cada paso, los objetos y las situaciones le proveen signos ocultos, una aparente respuesta a su asfixia, pero él nunca atraviesa esas señales. Sólo aparecen para sugerir un sentido nunca explícito. La insinuación de que "algo pasa" es la fuerza que hace que René avance, se quiebre, se recomponga, resista.

Havilio no reconstruye el sentido de una subjetividad sino que sigue paso a paso la pura acción que generan los conflictos de sus personajes para producir una deriva narrativa. Allí reside la originalidad de su escritura.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Intimista y global

Por Matías Capelli
Publicado en Los Inrockuptibles Dic 2010


Ampliar el campo de batalla. Parafraseando a Michel Houellebecq, de eso se trata, para Iosi Havilio, la escritura. “Extender el territorio cada vez más, así sea en el juego con el lenguaje, el delineamiento de una trama, la aparición de un narrador, la necesidad de una historia”, dice Havilio. Acaba de publicar su segunda novela, Estocolmo, protagonizada por René, un chileno exiliado en Suecia con el Golpe de 1973 que regresa, muchos años más tarde, por primera vez a su país, escapando de un amante violento y trastornado. Ante la inminencia del reencuentro con su madre, ante la posibilidad, cada vez más palpable, de que Boris, su amante, dé con él en ese rincón del mundo, René deambula por las calles de Santiago y viaja a la costa. Pero más que en la trama, la apuesta de Havilio está en dar con un clima emocional determinado. Una sensación térmica, mejor dicho, porque es la percepción de René la que cobra cuerpo a partir de la acumulación de detalles, de sensaciones, de pequeños sucesos que van dándole al libro un aire enrarecido y desesperante. “René es un ser condenado a escapar, fundamentalmente de sí mismo. Esa incomodidad intrínseca hace que todo el resto le resulte extraño, incómodo, traumático, dejándose golpear por lo sórdido incluso allí donde otros no lo ven. Así justifica todas las huidas”, dice el autor, que demuestra haber ampliado el campo de batalla en cierta dirección tras la buena recepción de la crítica y de los lectores que tuvo Opendoor, su primera novela. Tanto en sus personajes como en las zonas que éstos transitaban, Opendoor (en cuya continuación Havilio se encuentra trabajando) tenía una impronta más localista; ya desde el título, que hacía referencia a la localidad bonaerense. También desde el título, y dadas las coordenadas biográficas de los personajes, la lengua casi neutral del narrador, e incluso su clasicismo, Estocolmo resulta más “global” en términos literarios. “Ni el exilio, ni el socialismo, ni la homosexualidad, fueron para mí temas. En un libro vivo no creo que existan temas. Lo único que veo verdadero es la materia de la cual está hecho el mundo de ficción que te convoca, más allá de las referencias geográficas, históricas o autobiográficas. La desazón de René, su angustia constitutiva, puede estar atravesada por coyunturas contemporáneas, comprobables en buena parte de occidente, pero el dolor es suyo, único, y anula todos los accidentes. En ese sentido, me atrevo a decir que es una novela intimista.”

martes, 21 de diciembre de 2010

Temor y turbulencias

Por Javier Mattio para La voz del Interior 17/12/2010 

Aunque su objetivo parezca hacer implosionar el género -todos los géneros-, dejando sólo la ficción, la adicción por la narración imprevista, descarnada, como único horizonte, lo cierto es que Estocolmo termina afectando también al mundo exterior, instaurando algo así como una nueva e insoportable náusea contemporánea.

Distanciado del mundo contenido, preciosista y detallado construido en Opendoor, su primera novela, Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974) se rige ahora por una escritura abismal, sin bordes, que atraviesa países, épocas e historias dentro de historias distintas sin ánimo de cincelar, ordenar o pulir demasiado. Estocolmo narra -a grandes rasgos- el viaje de René, un chileno que ronda la cincuentena, hacia su tierra natal, después de haberse exiliado en Suecia durante más de 30 años. Así se mezclan evocaciones lejanas de Salvador Allende (con ecos de manifestaciones anti-globalización a la vuelta de la esquina), el acecho de un salvaje amante joven (Boris), de origen eslavo, y una serie de escalas sonámbulas por Madrid, Cartagena, Santiago, hasta el retorno a Suecia.

Pero Estocolmo no es, en ese orden, ni una novela política, ni una paranoica, ni siquiera una de viajes. Es una novela en trance, en el sentido estricto de la palabra, un relato homeostático situado a medias entre la percepción de una subjetividad dolorosa, pasiva, distante, y el movimiento casi imperceptible de un mundo abierto compuesto de una misma y desagradable sustancia. Desde los chats de homosexuales a los monumentos turístico-ancestrales, desde los cines porno clandestinos a las habitaciones solitarias de hotel, todo parece unido por el mismo fluido viscoso, un latir interno que alcanza su clímax en una disco infernal en el seno de Santiago de Chile, en la que René se pierde entre laberintos temáticos, estridencias sonoras y toboganes grotescos que conducen a una obscena "fosa" de cuerpos enredados. Símil arquitectónico al de una novela que combina pisos narrativos y géneros titilantes con la sola intención de vaciamiento, de abandono febril, y todo a caballo de un vértigo anfetamínico y agonizante.

De allí que tanta fabulación hacia adentro estalle hacia afuera, en la forma específica de un malestar narrativo que se hace "existencial", o al menos sensible, como una impresión, un zumbido, una incomodidad. Y tal vez en ese sentido Estocolmo sí sea una ficción "política", la traducción literaria de un mundo infinito y claustrofóbico, concreto y efímero, cuyo principal temor -el mismo de René- es que caigan sus aviones.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Pisaré las calles nuevamente

Por Luciana de Mello
Para Radar Libros 5/12/2010

El 11 de septiembre de 1973 René está en Estocolmo en un encuentro de jóvenes socialistas y el bombardeo a La Moneda lo encuentra ahí, en el sillón del primer hombre que lo desvirga mientras las gotas de sangre caen de su nariz formando círculos rojos sobre un tapizado blanco. Ese día comienza a quedarse varado en aquel país tan lejano a su Chile natal. Treinta años después René está volviendo a Santiago, masticando su dedo meñique y enfrentando el miedo a volar, su miedo a morir de cualquier cosa mientras que Boris, su amante balcánico que está preso en Suecia, lo amenaza con encontrarlo y arrancarle los ojos de la cara. El motivo de esa venganza es la traición de René, quien acaba de entregarlo a la policía. Amor, crimen y venganza bosquejan la silueta de un policial, pero no: Estocolmo busca ir más allá del género. Como en su primera novela, Open Door, Havilio apuesta todo al trabajo con la escritura, a la construcción de una voz propia que dispara el género hacia adentro a través de la forma. Estocolmo es una apuesta aún mayor. La narración se va metiendo hacia adentro hasta pinchar ahí donde más duele, la pérdida del sentido que se hace carne y movimiento inútil en ese deambular del personaje a través de su propia vida.

El exilio de René no es forzado, no hay torturas ni estadios con militares acribillando gente a sangre fría. Los discursos políticos vuelven como ecos de una vieja época y se mezclan con oraciones cristianas a modo de souvenirs y estampitas por las calles de Santiago. Y aunque Estocolmo no sea sólo una historia de exilios, el asesinato de Allende es el comienzo del fin, la caída en el vacío de las cosas. Hay algo llamativo de Estocolmo y es el hecho de que un autor argentino, de la generación que se “autoexilió” en Europa frente al derrumbe económico, se siente a contar, eligiendo Chile como epicentro del caos y lugar de origen, el autoexilio de su personaje René. Algo en esta operación de corrimiento trae ecos de todos los exilios de Bolaño –el físico, el narrativo, el del lenguaje–, así como el desplazamiento al otro lado de la cordillera de Alan Pauls en su Historia del llanto. Pareciera haber una imposibilidad de contar tanto vacío desde adentro, entonces estos escenarios dan lugar a una aproximación desde la distancia. Entonces la fuga no termina: así como la muerte de Allende desencadena su estadía prolongada en Estocolmo, el motivo del regreso también es una excusa, nada se decide. A raíz de unas charlas de la Cruz Roja en Chile, René viaja con dos jóvenes inexpertos miembros de la organización que lo acompañan como si fueran parte del decorado. Esta vuelta al país –hundido aún en el caos– sirve a René como un nuevo escape, esta vez de la furia de Boris, personaje que encarna la fuerza vital, así como también la violencia y la pulsión de muerte del relato.

La historia de René comienza en el epígrafe “Ay, estoy solo, solo sobre la tierra” grita el René de Chateaubriand. Y más abajo el Manifiesto de Lemebel prolonga esa soledad multiplicada del homosexual marginal: “Yo no pongo la otra mejilla/Pongo el culo compañero/Y ésa es mi venganza”. Exilio, militancia, homosexualidad y soledad conjugados en estos dos epígrafes. Después, una voz narrativa tan contenida como desesperada relata el viaje de su protagonista que ha quedado encerrado en su propio exilio interior. Esa soledad, ese dolor, toma forma en cada una de las cosas que René se detiene a comprar en las calles de Santiago. Ya sea una estatuilla de Rómulo y Remo mamando de una loba que nieva por dentro cuando se la sacude, un poster de Allende levantando los brazos en señal de victoria, o una sesión de masajes eléctricos, las mercancías hablan más que las personas. Cada uno de los personajes que cruzan el recorrido de René dibujan una célula más de la incomunicación, un gesto melancólico e impotente, mientras el estilo se detiene en los detalles de las cosas hasta vaciarlas de sentido. Entonces René camina por Santiago alucinando el único encuentro que lo devolverá a la vida, el encuentro con Boris, el hombre a quien ama y con quien el amor tiene la forma del sadismo. El caos que reina en la ciudad es, desde la errancia de René, semejante al silencio que inundó la Tierra después del estallido de la bomba. Las bombas que apuntaron a La Moneda, los evangelistas profetizando el fin del mundo, el balazo que mató a Olof Palme, o el inevitable Alzheimer justificando el olvido de una madre ante su hijo, comienzan a ser nombrados de otra forma, cuando Boris al final los grita todos juntos, y son como todo el odio de la humanidad saliendo por la boca: “Sin bajar la guardia, René se enternecía. Y de a poco, esa murmuración embrionaria, desarticulada, se constituía otra vez en discurso, el último antes del clímax. Ahí era cuando Boris usaba palabras como vida, mierda, sentido, droga, condena, madre, otra vez mierda, alma y destrucción”. Entonces Estocolmo, ese punto norte de frágil “perfección”, el que da nombre al síndrome donde la víctima se enamora del verdugo, olvida para siempre su lugar de refugio en el exilio: ahora es el punto donde la fragilidad termina de quebrarse, como el cristal que estalla con un grito.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Piedra en el zapato

Dice Fabián Casas vía Eterna Cadencia:

Les recomiendo el libro nuevo de Iosi Havilio. Es un escritor extraño, imprevisible. Que no sigue ningún tipo de corriente y que parece surgir de la nada. Siempre y cuando la nada sea un lugar vivificador, de alta experiencia. En Opendoor -la primer novela- Havilio impacta por la frescura de su prosa y la agudeza de su trabajo sobre el lenguaje (esto no puede significar nada, mejor leánla). En Estocolmo, la apuesta es más alta. Hace poco le dije que pensaba que esta novela no iba a gustar, precisamente porque era una apuesta muy alta dentro de su propio registro. A partir de una imagen, de una idea, de un personaje entrevisto en su vida, Iosi construye un relato sólido que produce en los lectores ganas de escribir y no de escribir cualquier cosa, sino ganas de escribir en peligro, con la piedra en el zapato.