martes, 3 de noviembre de 2015
Tragedia de lo efímero
Lectura de Pequeña flor por Shirly Catz
http://www.espaciomurena.com/8399/
Una melodía de jazz sin cortes, que se dibuja como la espiral de una flor en la que el final vuelve a ser el comienzo. Una novela estructurada como un pliegue sobre pliegue de sí misma, y en la que cada frase contiene la totalidad, pero asombrosamente leve, como los mismos pétalos de la flor que compone: livianos y a la vez trágicos. Tragedia de lo efímero, sin dramatismos, sin detenimiento excesivo, sin freno en la narración, sin poder levantar la vista de la lectura, como si, al hacerlo, nos perdiéramos algo de ese mundo que avanza por sí mismo, mientras el autor compone con sutileza una imagen que, rápidamente, cobra existencia independiente y nos observa, desafiante. Repentino extrañamiento ante un universo en el que lo real y lo fantástico están a menos de un paso de distancia, en una indeterminación que no es otra que la de nuestras propias vidas.
Vidas en las que siempre somos otros, confesión que hace explícita el narrador desde el comienzo: un misterioso incendio inicia la historia, obligando al narrador a ser otro que él mismo antes siquiera de que sepamos quién es. A tal punto se volverá otro, que no se reconocerá a sí mismo, y cometerá un repentino asesinato contra su vecino sin encontrar razones claras para hacerlo. Improvisación, como una música ajena que nos atraviesa, de pronto. Porque acaso no seamos más que eso: intermediarios de una música que nos desborda, mientras el cielo se inunda de fuegos multicolores, “reminiscencias de una guerra lejana y espectacular”.
Otro es José cuando cava la tumba de Guillermo, enterrándose a sí mismo en ese movimiento, despojándose del que había sido antes del incendio -“Cavé con la potencia de dos hombres, embarrándome todo. Conté treinta y seis paladas. Mi edad en tierra”- pero esta tumba nunca será ocupada, ya que Guillermo, sorpresivamente, no habrá muerto. Es desde ese momento que lo que parecía ser su mayor destrucción, se transfigurará en el descubrimiento de un poder y en tema central de la novela: la resurrección.
También el amor muere y resurge, amor que para poder vivir, debe permanecer abierto a lo fantástico. Acaso por eso el amor de José con su esposa, dormido, reviva cuando se disfraza de alguien que no es él. O que es él, pero distinto. Su último acto será una prueba audaz, con la esperanza de que, sobre el terreno árido que cultiva, resurja como una flor solitaria. Milagrosa. Si no lo hace, al menos habremos vivido intensamente, y moriremos con una mueca de placer en el rostro, mientras de fondo suena “Petite fleur”.
lunes, 7 de septiembre de 2015
Catábasis y después
Pequeña flor por Ariel Pavón
http://revistaotraparte.com/semanal/literatura-argentina/pequena-flor/
No ha decaído el valor de la experimentación formal en literatura. Pese a la cantidad de textos que, en nombre de ciertas legibilidades, pretenden volver invisible la forma, aún persiste la exploración que subvierte lo establecido. Pequeña flor, la admirable última novela de Iosi Havilio, se estructura como un único párrafo, en virtud del cual el lector es literalmente arrastrado hacia el final, al encuentro del punto y aparte que demora toda una novela en llegar. Los hechos y las situaciones se suceden velozmente, sin generar vértigo como en las aceleraciones de Guebel o de Aira, sino a una velocidad de crucero que da densidad y volumen a la brevedad de la novela y la convierte en una extraña experiencia de lectura, donde el ritmo parejo de la acción escapa hábilmente a cualquier monotonía.
José, el protagonista y narrador, comprende una mañana que se ha quedado sin empleo. La fábrica donde trabaja es destruida por un incendio. A partir de ese momento se invierten los roles en la pareja y Laura, que vuelve al trabajo, asume un lugar masculino que provoca tensiones inevitables. Todo podría quedar allí. Ser la crónica del desgaste de una pareja. Pero un hecho incomprensible abre una línea de acción inesperada. La irrupción de lo fantástico deja fuera de circulación cualquier especulación psicológica, y aun sociológica, para centrarnos en la problemática de un don inexplicable. José descubre que puede ser un asesino ineficaz, pues lo que mata resucita, como si no hubiera muerto nunca. El “punto final” aquí se revierte —como equívoca metáfora de la transformación— mediante misteriosas resurrecciones, cuya única huella parece ser el desenfreno sexual en el que desemboca el narrador. Eros y Tánatos se imbrican en una dinámica que va de la muerte al sexo y al renacimiento, como en urgentes estaciones. En cada nuevo encuentro con su vecino Guillermo, José se aplica a una rutina de lo sensorial —y de lo sensual— que culmina cuando los últimos compases de la canción “Petite fleur” lo impulsan al asesinato; el papel de víctima aúna debut y despedida y Guillermo aprende a lucirse en él. El clásico tema de Sidney Bechet opera como leitmotiv, puntuando con un crimen cada episodio de una vida —la de José— atrapada en la oscuridad de un vínculo que se resquebraja, que experimenta sucesivas metamorfosis, cada vez más turbio y asfixiante, y que se despliega en ese párrafo único. Pero también “Petite fleur” actúa como clave simbólica que remite a Antonia, la hija de Laura y José, pequeña flor cuya lateralidad se revela vital, convirtiéndola en subterfugio y respuesta.
Con referencias directas a Tolstoi, Gorki y Dostoievski, Pequeña flor narra una lenta catábasis, el descenso a un infierno hecho de angustia y extrañeza, un subsuelo adonde no está obturada la esperanza del regreso, aunque la redención sea tema de un párrafo siguiente.
http://revistaotraparte.com/semanal/literatura-argentina/pequena-flor/
No ha decaído el valor de la experimentación formal en literatura. Pese a la cantidad de textos que, en nombre de ciertas legibilidades, pretenden volver invisible la forma, aún persiste la exploración que subvierte lo establecido. Pequeña flor, la admirable última novela de Iosi Havilio, se estructura como un único párrafo, en virtud del cual el lector es literalmente arrastrado hacia el final, al encuentro del punto y aparte que demora toda una novela en llegar. Los hechos y las situaciones se suceden velozmente, sin generar vértigo como en las aceleraciones de Guebel o de Aira, sino a una velocidad de crucero que da densidad y volumen a la brevedad de la novela y la convierte en una extraña experiencia de lectura, donde el ritmo parejo de la acción escapa hábilmente a cualquier monotonía.
José, el protagonista y narrador, comprende una mañana que se ha quedado sin empleo. La fábrica donde trabaja es destruida por un incendio. A partir de ese momento se invierten los roles en la pareja y Laura, que vuelve al trabajo, asume un lugar masculino que provoca tensiones inevitables. Todo podría quedar allí. Ser la crónica del desgaste de una pareja. Pero un hecho incomprensible abre una línea de acción inesperada. La irrupción de lo fantástico deja fuera de circulación cualquier especulación psicológica, y aun sociológica, para centrarnos en la problemática de un don inexplicable. José descubre que puede ser un asesino ineficaz, pues lo que mata resucita, como si no hubiera muerto nunca. El “punto final” aquí se revierte —como equívoca metáfora de la transformación— mediante misteriosas resurrecciones, cuya única huella parece ser el desenfreno sexual en el que desemboca el narrador. Eros y Tánatos se imbrican en una dinámica que va de la muerte al sexo y al renacimiento, como en urgentes estaciones. En cada nuevo encuentro con su vecino Guillermo, José se aplica a una rutina de lo sensorial —y de lo sensual— que culmina cuando los últimos compases de la canción “Petite fleur” lo impulsan al asesinato; el papel de víctima aúna debut y despedida y Guillermo aprende a lucirse en él. El clásico tema de Sidney Bechet opera como leitmotiv, puntuando con un crimen cada episodio de una vida —la de José— atrapada en la oscuridad de un vínculo que se resquebraja, que experimenta sucesivas metamorfosis, cada vez más turbio y asfixiante, y que se despliega en ese párrafo único. Pero también “Petite fleur” actúa como clave simbólica que remite a Antonia, la hija de Laura y José, pequeña flor cuya lateralidad se revela vital, convirtiéndola en subterfugio y respuesta.
Con referencias directas a Tolstoi, Gorki y Dostoievski, Pequeña flor narra una lenta catábasis, el descenso a un infierno hecho de angustia y extrañeza, un subsuelo adonde no está obturada la esperanza del regreso, aunque la redención sea tema de un párrafo siguiente.
viernes, 24 de julio de 2015
Flores negras
Quintín en Perfil sobre La Serenidad, Pequeña Flor y Doña Pola.
Es posible que haya alguna conexión secreta entre la reciente literatura argentina y la botánica. Los últimos tres libros que leí hablan de la vida vegetal. La serenidad de Iosi Havilio termina así: “¡Plantas! ¡Plantas! ¡Somos plantas! ¡Con los frutos en el éter y las raíces en el misterio!” Poco después, Havilio publicó Pequeña flor (2015), que en realidad se llama así por un tema del saxofonista Sidney Bechet, aunque allí el tema de la jardinería tiene su importancia. A su vez, Las constelaciones oscuras, de Pola Oloixarac, se desarrolla a partir de las orquídeas y de las exploraciones de los naturalistas en territorios inexplorados. Se pueden detectar otros puentes entre Havilio y Oloixarac, como la visión de que las ratas pueden apoderarse del mundo, o que ambos nacieron en Buenos Aires a mediados de los 70 y estudiaron filosofía. Y, por qué no, cierta tentación de pedantería, que se advierte tanto en la foto de la solapa de La serenidad, donde el autor posa mirando una partitura de John Cage, como en el epígrafe de Las constelaciones oscuras, que es una frase de Stendhal en latín cuya traducción no es evidente para el lego (Havilio se confía a la vanguardia, Oloixarac a los clásicos). Pero la pedantería no es un pecado grave para los jóvenes escritores.
De todos modos, Oloixarac y Havilio posicionan sus respectivas obras de modos distintos. Havilio lleva construida con sus cinco novelas una reputación de escritor confiable para el medio local. Su obra es variada, virtuosa, pasional y en cada libro asume riesgos, aunque atenuados justamente por la comunidad en la que se inscribe y los parentescos literarios apropiados. Más allá de que en entrevistas Havilio se declare admirador de Aira, de Heidegger o de algunos de sus contemporáneos, hay en La serenidad referencias a Joyce y a Céline; Pequeña flor (otra novela de un yo dinamitado por los procedimientos de la escritura, aunque ambas sean disimuladamente fieles al costumbrismo), se habla de varios escritores rusos aunque su trama falsamente fantástica remite a uno que no se nombra: Nabokov, con sus relatos en los que el narrador se engaña. De todos modos, la de Havilio es una escritura sólida, adecuada a su momento, vital.
Lo de Oloixarac es casi opuesto. Después de Las teorías salvajes, su debatida primera novela, ésta no es otra provocación en clave sino una apuesta a escapar por arriba del mundo gregario y confortable de la literatura nacional. Fernando Montes Vera dice en un panegírico de la novela que Oloixarac “se inscribe en el campo de los escritores que no escriben, sino que van más allá y crean universos”, y también que “es imprescindible en las letras internacionales”. Las dos frases (¡una escritora que no escribe!) servirían para caracterizar y aplastar a Pola como alguien que apunta al mercado comercial alto. Las constelaciones oscuras, novela de ciencia ficción, es una fantasía imaginativa e intrincada con un manejo informado y cuidadoso de las ciencias sociales, de la computación y de la biología. Pero además, hay rasgos de visión y de genialidad, incluso de cierta locura, en esta novela que se hace cargo de la complejidad del mundo y quiere entender su porvenir. Aquí no es el protagonista sino la escritora la que se puede engañar sobre la potencia de una jugada de gran ambición.
Es posible que haya alguna conexión secreta entre la reciente literatura argentina y la botánica. Los últimos tres libros que leí hablan de la vida vegetal. La serenidad de Iosi Havilio termina así: “¡Plantas! ¡Plantas! ¡Somos plantas! ¡Con los frutos en el éter y las raíces en el misterio!” Poco después, Havilio publicó Pequeña flor (2015), que en realidad se llama así por un tema del saxofonista Sidney Bechet, aunque allí el tema de la jardinería tiene su importancia. A su vez, Las constelaciones oscuras, de Pola Oloixarac, se desarrolla a partir de las orquídeas y de las exploraciones de los naturalistas en territorios inexplorados. Se pueden detectar otros puentes entre Havilio y Oloixarac, como la visión de que las ratas pueden apoderarse del mundo, o que ambos nacieron en Buenos Aires a mediados de los 70 y estudiaron filosofía. Y, por qué no, cierta tentación de pedantería, que se advierte tanto en la foto de la solapa de La serenidad, donde el autor posa mirando una partitura de John Cage, como en el epígrafe de Las constelaciones oscuras, que es una frase de Stendhal en latín cuya traducción no es evidente para el lego (Havilio se confía a la vanguardia, Oloixarac a los clásicos). Pero la pedantería no es un pecado grave para los jóvenes escritores.
De todos modos, Oloixarac y Havilio posicionan sus respectivas obras de modos distintos. Havilio lleva construida con sus cinco novelas una reputación de escritor confiable para el medio local. Su obra es variada, virtuosa, pasional y en cada libro asume riesgos, aunque atenuados justamente por la comunidad en la que se inscribe y los parentescos literarios apropiados. Más allá de que en entrevistas Havilio se declare admirador de Aira, de Heidegger o de algunos de sus contemporáneos, hay en La serenidad referencias a Joyce y a Céline; Pequeña flor (otra novela de un yo dinamitado por los procedimientos de la escritura, aunque ambas sean disimuladamente fieles al costumbrismo), se habla de varios escritores rusos aunque su trama falsamente fantástica remite a uno que no se nombra: Nabokov, con sus relatos en los que el narrador se engaña. De todos modos, la de Havilio es una escritura sólida, adecuada a su momento, vital.
Lo de Oloixarac es casi opuesto. Después de Las teorías salvajes, su debatida primera novela, ésta no es otra provocación en clave sino una apuesta a escapar por arriba del mundo gregario y confortable de la literatura nacional. Fernando Montes Vera dice en un panegírico de la novela que Oloixarac “se inscribe en el campo de los escritores que no escriben, sino que van más allá y crean universos”, y también que “es imprescindible en las letras internacionales”. Las dos frases (¡una escritora que no escribe!) servirían para caracterizar y aplastar a Pola como alguien que apunta al mercado comercial alto. Las constelaciones oscuras, novela de ciencia ficción, es una fantasía imaginativa e intrincada con un manejo informado y cuidadoso de las ciencias sociales, de la computación y de la biología. Pero además, hay rasgos de visión y de genialidad, incluso de cierta locura, en esta novela que se hace cargo de la complejidad del mundo y quiere entender su porvenir. Aquí no es el protagonista sino la escritora la que se puede engañar sobre la potencia de una jugada de gran ambición.
martes, 7 de julio de 2015
martes, 23 de junio de 2015
LA FLOR DE MI SECRETO
Radar Libros, 10/05/2015
Desde su debut con Opendoor en 2006, Iosi Havilio viene trabajando en sucesivas novelas con el extrañamiento de un clima fantástico que no cede a las convenciones de género y, a la vez, con una reflexión sobre las formas de la narración. Pequeña flor –novela escrita en un único párrafo– lo confirma en esta línea, pero lo encuentra también más radicalizado en su experimentación literaria.
Por Fernando Bogado
La novela cuenta la historia de José, un hombre que vive en un innominado punto geográfico que se adivina lejano a toda ciudad. El protagonista, apenas comenzado el texto, sabe que ha perdido su trabajo debido al incendio de la fábrica de fuegos artificiales en donde era empleado. El cambio repentino de su rutina y la de su familia comienza a traerle problemas con su pareja, Laura, madre de su única hija, Antonia. Laura debe volver a trabajar como correctora editorial, sumando así distancia a la ya desapegada relación que tiene con su pequeña hija, la cual siente que la aborrece. José comienza a pasar de un estado a otro, de la inmovilidad a la híperactividad, hasta que en un momento de relativa calma en su alterada vida, decide ir a pedirle a su vecino, Guillermo, una pala para terminar algunos trabajos en el jardín de su casa. A partir de este punto, lo que parecía una novela que buscaba retratar la sensación de derrota de un joven padre de familia cambia totalmente para que se dé, a través de esa insignificante visita, el arribo de las formas fantásticas.
Pequeña flor es un desahogo de escritura: aparentemente escrita de un tirón, compuesta de un solo párrafo que comienza en la primera página y termina en un final ambiguo que hace eclosionar todas las anticipaciones del lector, va visitando diversos géneros que adopta, copia y luego abandona como si se tratase de una escurridiza serpiente que va cambiando la piel, o mejor, de una flor que va renovando sus pétalos. Y las comparaciones naturales vienen totalmente a cuento: hay algo del despliegue de la historia de José que funciona también como una reflexión en torno a la naturaleza y a su pérdida, desde las relaciones humanas (naturalmente buenas pero, en alguna medida, contaminadas por la indiferencia a ese “instinto natural” que hace del protagonista un buen padre, por caso) hasta los pequeños detalles fantásticos, naturales, que abundan en el texto. O inclusive, hasta las propias referencias literarias que el autor deja colar: promediando la historia, abrumado por los hechos que se disparan luego de la visita a Guillermo, el vecino, y del comienzo de las hostilidades con Laura, José se refugia en algunos libros de literatura rusa, específicamente, en varias obras de Leon Tolstoi, uno de los escritores fundamentales para entender ese vínculo entre literatura y el buen vivir en lo natural.
Iosi Havilio se ha dado a conocer en el mundo literario local a partir de su novela Opendoor (2006), la cual fue considerada por muchos críticos como “salida de la nada” (Beatriz Sarlo dixit). Lo que se leía en esa novela era un personaje protagonista (una joven estudiante de veterinaria) que no solo “sale de la nada” sino que persiste en esa nulidad, deambulando entre diferentes puntos geográficos, perdida, insensible con respecto a las cosas que le suceden. Esa misma “nada” aparece otra vez en novelas como Estocolmo (2010), a través de la indiferencia de René, el protagonista, con respecto a los hechos narrados en el libro, y aquí, en Pequeña flor, se manifiesta en la fantástica habilidad que de repente descubrirá José, pero que, estrictamente, es también una forma de indiferencia entre el mundo y el personaje (digamos, la ficción de sujeto), como si no pudiera afectar de ninguna manera el curso de los hechos y sólo fuera un testigo impasible de lo que pasa. Por eso el final es doblemente ambiguo: porque corta de manera abrupta, dejando todo irresuelto en un universo ficcional que espera “algo” (en vez de “nada”), y porque mantiene en suspenso un acto sorpresivo que sólo se puede resolver con la entrada de la novela a un género definitivo: o relato fantástico o tragedia. Novela de umbrales, Pequeña flor abre todas las puertas pero no se decide por ninguna.
Tal como había confesado en una entrevista, Havilio se reconoce como alguien que alquila formas, pero no compra ninguna, reflexión que queda patente en la prosa desesperada de la novela, que avanza y avanza quién sabe hacia dónde. “Siguiendo con la broma –agrega Havilio, entrevistado por Radar–, si en La serenidad, mi novela anterior, me alquilé un conventillo con muchas entradas y salidas, en Pequeña flor se trata de otro tipo de conventillo, o el mismo, pero la salida parece más ordenada. Entre las entradas reconozco el relato autobiográfico, el policial, lo fantástico, la comedia, la confesión. Pequeña flor nace del mismo impulso que La serenidad: en ambos casos me pregunté acerca de la escritura, del oficio, del lugar desde donde se trabaja, acerca del maldito estilo, de la imaginación; y en el camino se estableció un dialogo con escrituras que en la contemporaneidad me interpelan de alguna u otra manera; y ahí rescato dos movimientos que se me hacen vivos: por un lado está eso que se mal nombra literatura experimental: poetas, performers, algunos narradores, por ejemplo Pablo Katchadjian; por otro, está ese fascinante monstruo de mil cabezas que es la obra de César Aira. Me divierte pensar a Pequeña flor como una novelita de inspiración aireana a sabiendas de que la referencia se agota en cuanto comienza a desovillarse el relato. Algunos gestos comunes no hacen a un mundo: se hace evidente con rascar un poco la superficie. Y, volviendo al alquiler, repensando ahora el asunto de la locación de voces y estilos, te diría mejor que, si las cosas salen más o menos bien, el alquilado es uno.”
Narrativa y experimental, tal como el autor la define, Pequeña flor es una historia que se lee rápida y que, como un golpe de euforia, lleva apresuradamente todo a un salto al vacío del que no se sabe qué resultará. Del vecino misterioso con música jazz a los delirios pseudo religiosos de Laura, de la sencillez patrimonio del infante de Antonia a la búsqueda de serenidad en Tolstoi, todo en la novela es un despliegue de colores y formas que tiene también algo de estrictamente visual, sombrío, como las flores, encadenadas ellas también a una pena a la vez natural y estética: tremendamente bellas y cautivantes una vez arrancadas y dispuestas a la muerte.
Desde su debut con Opendoor en 2006, Iosi Havilio viene trabajando en sucesivas novelas con el extrañamiento de un clima fantástico que no cede a las convenciones de género y, a la vez, con una reflexión sobre las formas de la narración. Pequeña flor –novela escrita en un único párrafo– lo confirma en esta línea, pero lo encuentra también más radicalizado en su experimentación literaria.
Pequeña flor es un desahogo de escritura: aparentemente escrita de un tirón, compuesta de un solo párrafo que comienza en la primera página y termina en un final ambiguo que hace eclosionar todas las anticipaciones del lector, va visitando diversos géneros que adopta, copia y luego abandona como si se tratase de una escurridiza serpiente que va cambiando la piel, o mejor, de una flor que va renovando sus pétalos. Y las comparaciones naturales vienen totalmente a cuento: hay algo del despliegue de la historia de José que funciona también como una reflexión en torno a la naturaleza y a su pérdida, desde las relaciones humanas (naturalmente buenas pero, en alguna medida, contaminadas por la indiferencia a ese “instinto natural” que hace del protagonista un buen padre, por caso) hasta los pequeños detalles fantásticos, naturales, que abundan en el texto. O inclusive, hasta las propias referencias literarias que el autor deja colar: promediando la historia, abrumado por los hechos que se disparan luego de la visita a Guillermo, el vecino, y del comienzo de las hostilidades con Laura, José se refugia en algunos libros de literatura rusa, específicamente, en varias obras de Leon Tolstoi, uno de los escritores fundamentales para entender ese vínculo entre literatura y el buen vivir en lo natural.
Iosi Havilio se ha dado a conocer en el mundo literario local a partir de su novela Opendoor (2006), la cual fue considerada por muchos críticos como “salida de la nada” (Beatriz Sarlo dixit). Lo que se leía en esa novela era un personaje protagonista (una joven estudiante de veterinaria) que no solo “sale de la nada” sino que persiste en esa nulidad, deambulando entre diferentes puntos geográficos, perdida, insensible con respecto a las cosas que le suceden. Esa misma “nada” aparece otra vez en novelas como Estocolmo (2010), a través de la indiferencia de René, el protagonista, con respecto a los hechos narrados en el libro, y aquí, en Pequeña flor, se manifiesta en la fantástica habilidad que de repente descubrirá José, pero que, estrictamente, es también una forma de indiferencia entre el mundo y el personaje (digamos, la ficción de sujeto), como si no pudiera afectar de ninguna manera el curso de los hechos y sólo fuera un testigo impasible de lo que pasa. Por eso el final es doblemente ambiguo: porque corta de manera abrupta, dejando todo irresuelto en un universo ficcional que espera “algo” (en vez de “nada”), y porque mantiene en suspenso un acto sorpresivo que sólo se puede resolver con la entrada de la novela a un género definitivo: o relato fantástico o tragedia. Novela de umbrales, Pequeña flor abre todas las puertas pero no se decide por ninguna.
Tal como había confesado en una entrevista, Havilio se reconoce como alguien que alquila formas, pero no compra ninguna, reflexión que queda patente en la prosa desesperada de la novela, que avanza y avanza quién sabe hacia dónde. “Siguiendo con la broma –agrega Havilio, entrevistado por Radar–, si en La serenidad, mi novela anterior, me alquilé un conventillo con muchas entradas y salidas, en Pequeña flor se trata de otro tipo de conventillo, o el mismo, pero la salida parece más ordenada. Entre las entradas reconozco el relato autobiográfico, el policial, lo fantástico, la comedia, la confesión. Pequeña flor nace del mismo impulso que La serenidad: en ambos casos me pregunté acerca de la escritura, del oficio, del lugar desde donde se trabaja, acerca del maldito estilo, de la imaginación; y en el camino se estableció un dialogo con escrituras que en la contemporaneidad me interpelan de alguna u otra manera; y ahí rescato dos movimientos que se me hacen vivos: por un lado está eso que se mal nombra literatura experimental: poetas, performers, algunos narradores, por ejemplo Pablo Katchadjian; por otro, está ese fascinante monstruo de mil cabezas que es la obra de César Aira. Me divierte pensar a Pequeña flor como una novelita de inspiración aireana a sabiendas de que la referencia se agota en cuanto comienza a desovillarse el relato. Algunos gestos comunes no hacen a un mundo: se hace evidente con rascar un poco la superficie. Y, volviendo al alquiler, repensando ahora el asunto de la locación de voces y estilos, te diría mejor que, si las cosas salen más o menos bien, el alquilado es uno.”
sábado, 13 de junio de 2015
Una fantasía alucinada
Por Maxi Crespi sobre Pflor
Enie, Junio 2015
“Esta historia empieza cuando yo era otro”. La frase que abre Pequeña flor de Iosi Havilio reverbera sutil sobre la deriva incierta de un proyecto literario arisco, polifacético y trashumante. Cada libro es un nuevo comienzo. No sólo porque en cada uno el autor parezca asumir una nueva relación con la escritura y la imaginación del signo, sino también porque la dispersión de su imagen termina produciendo en el lector la impresión de una literatura posible pero siempre en estado de promesa. Havilio no busca producir una consistencia imaginaria o estilística. Se empeña más bien en escribir desde una ética de la desidentificación, más próxima al vértigo del juego que a la solemnidad de la obra.
El texto confirma esa lógica del corte que signa su programa narrativo. Representa, por ejemplo, un salto abrupto respecto de La Serenidad , la nouvelle que la precede. La unificación del punto de vista en un narrador en primera persona, una trama zigzagueante pero precisa, un universo definido por un espacio familiar y un argumento cuyos conflictos se desatan luego de una alteración en las funciones productivas, da cuenta de una novela cuyo indócil materialismo la sitúa en las antípodas de la afectación abstracta que carga su antecesora. La prosa ágil, alineada y pulida se articula sobre una trama extraña, atractiva, vertiginosa y cambiante. De ese modo, la ficción facilita el tránsito aun por los pastosos pasajes donde se cita obstinadamente a Tolstoi y donde se acumulan referencias a la literatura rusa y a su confeso desafío de “reflejar un fenómeno real, fantástico real”: el que liga la pulsión de muerte al milagro de la resurrección.
Del ajedrez a la cama, del histeriqueo del jazz al sexo violento del tango, la novela se abre camino con una intensidad creciente hacia un final que conviene dejar en suspenso. Como en ciertas novelas de Bizzio, el narrador-personaje acoge su propia transformación sin cinismo y sin resignación, con la claridad liberadora que sucede al desvarío de la pesadilla. Tras la fábula, su imaginación dispone de las víctimas como de muñecos sumisos al orden del sacrificio; pero en el paño de la ficción el deseo se carga lentamente de una ilusión compensatoria que hipoteca todo brote de transgresión al fulgor de una fantasía alucinada.
De la alegoría a la novela, de la tiranía de los conceptos a la arbitrariedad de lo singular, la narrativa de Havilio se imprime como una basculación astuta y eficaz. Avanza suspendiendo el paso, recomenzando siempre, como si ansiara retornar (aun intuyendo la imposibilidad del retorno) a la primera escena de escritura, como si fuera ese otro que se descubre escribiendo el primer libro, el primer párrafo, la primera palabra. En la deliberada elección de ese artificio se juegan su insolencia, su frescura y su vitalidad.
lunes, 25 de mayo de 2015
Carrera del tiempo contra la muerte
El ocio creativo
Reseña de Pequeña flor por RODOLFO EDWARDS para Perfil 24/5/15
La primera escena de Pequeña flor nos introduce en el mundo de José, que narra en primera persona una historia llena de matices, interferencias y lugares. El desencadenante del relato es la pérdida del trabajo del protagonista; a partir de allí, su realidad se quiebra como un espejo y cada pedazo se transforma en una posibilidad narrativa. La nueva situación altera las rutinas y el orden familiar. sumiendo a José en una profunda depresión de la que son testigos su mujer, Laura, y su pequeña hija, Antonia. El obligado ocio comienza a operar como una lenta tortura, los objetos cotidianos se tornan en progresivos enemigos y las paredes de la casa van desplegando unas rejas invisibles que pronto lo convierten en un prisionero de sí mismo. La mente de José entra en ebullición. Como un volcán en erupción, la psicosis de José se derrama por la vecindad provocando hechos extraordinarios. Lo que aparentaba ser una narración lógica de pronto se disloca y Havilio apela a un registro fantástico que enriquece el relato y lo dinamita. Entre panaderas enseñadas, clases de ruso y teorías de Alejandro Jodorowsky se enciende la máquina narrativa de Havilio: un largo suspiro ininterrumpido que nos lleva sin solución de continuidad a un falso final de una historia infinita.
Los episodios de la vida de José se van empastando en una vorágine anfetamínica. El tour de force comienza haciendo guiños al gore más bizarro: la descripción truculenta del asesinato de un vecino que había ido a pedirle prestada una pala para arreglar el jardín de su casa. Entre discos de jazz, vinos y pasos de baile, el vecino Guillermo seduce a José, que rompe el hechizo matándolo pero... resucita al otro día como si nada hubiese pasado y debe repetir el rito sangriento incontables veces. Petite fleur, una vieja canción de Sidney Bechet, suena corno leitmotiv; novelas de Tolstoi y poemas de Maiakovsky amenizan las aventuras de este héroe peculiar.
Pequeña flor es rápida y fulgurante, carrera del tiempo contra la muerte, un tobogán con forma de cinta de Moebius, de puntuación implacable y ritmo infernal que torna imposible el abandono de su lectura.
martes, 19 de mayo de 2015
Pequeñas lecturas
Reseñas y demases alrededor de Pequeña flor
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5587-2015-05-10.HTML
http://www.telam.com.ar/notas/201505/103969-la-vida-y-la-muerte-en-las-manos-de-iosi-havilio-y-su-libro.HTML
http://www.lanacion.com.ar/1787004-rutina-sorprendente
http://www.martinwullich.com/pequena-flor-de-iosi-havilio/
http://soybibliotecario.blogspot.com.ar/2015/04/pequena-flor-por-iosi-havilio.HTML
http://www.olfamag.com.ar/iosi-havilio-pequena-flor-2015/
http://www.radiosur.org.ar/index.php?id=5008
http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/117691350880/pequenas-catástrofes
http://www.lagaceta.com.ar/nota/636165/sociedad/iosi-havilio-le-hace-frente-al-gran-tema-muerte.HTML
http://www.mdzol.com/nota/605707-el-extrano-don-de-matar-y-que-la-victima-siga-viviendo/
http://www.laprensa.com.ar/433272-Un-hombre-comun-en-medio-del-delirio.note.aspx
http://www.librosdelpasaje.com.ar/l/pequena-flor/360547/9789873650673#.VVt72kJFDmI
http://blog.elalmacendelibros.com.ar/pequena-flor/
http://www.quepasa.cl/articulo/guia-del-ocio/libros/2015/06/247-17102-9-realismo-delirante.shtml
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Iosi-Havilio-Pequena-flor-inestabilidad-dia_0_1370862932.html
http://evaristocultural.com.ar/2015/06/22/pequena-flor-iosi-havilio/
http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/44115
http://www.infobae.com/2015/05/31/1732306-iosi-havilio-me-gusta-pensar-el-escritor-como-un-medium
http://cosario-de-mempo.blogspot.com.ar/2015/06/lecturario-39-hauff-havilio-nacif.html
viernes, 27 de marzo de 2015
Petite fleur
“Esa tarde entendí que lo que creemos
imposible suele estar a tres segundos de distancia.”
Iosi Havilio ha escrito una novela
magnífica e inesperada. Pequeña flor
es un hipnótico y admirable único párrafo, consistente, adictivo, producto de
la prosa de un autor talentoso e inquieto que se inclina por la búsqueda
constante.
Un hecho fortuito y un matrimonio en
plena meseta amorosa son los disparadores de una historia que no para de
crecer, que sorprende a cada paso, hasta llegar al éxtasis, acaso recién, en su
punto final.
domingo, 7 de diciembre de 2014
Somos plantas
El Protagonista sale al jardín equis décadas después. Lleva
una túnica blanca, una sábana prestada con salpicaduras de
fósil. Del mameluco quedan jirones de vida confundidos
con la piel. No está tan viejo como avejentado. Profundamente
deteriorado y solo, verdaderamente solo, no de esa
soledad esquemática que se fraguaba en El Pasado: solo,
solísimo, solo. Los avances tecnológicos superan cualquier
expectativa. Al Protagonista le restan otros doscientos años
de vida sin sobresaltos. La moda es la desintegración paulatina
del bólido social.
El Protagonista apura los seis escalones que lo separan
del nivel del mar. En otras partes el agua bate récords. La
buena onda expansiva de la explosión está haciendo milagros
en la fertilidad de los desiertos. Marte está cada vez
más cerca, Los Colonos se reparten las tierras sin vergüenza,
para tranquilidad de los humanoides de bien, La
Ultraviolencia garantiza la paz interplanetaria. Por lo demás,
ya nadie registra aquel peripatético fenómeno que
los antiguos intitularon “Capitalismo Tardío”. (...)
El Protagonista corre entre hologramas verdes, suspirando,
una túnica blanca, una sábana prestada con salpicaduras de
fósil. Del mameluco quedan jirones de vida confundidos
con la piel. No está tan viejo como avejentado. Profundamente
deteriorado y solo, verdaderamente solo, no de esa
soledad esquemática que se fraguaba en El Pasado: solo,
solísimo, solo. Los avances tecnológicos superan cualquier
expectativa. Al Protagonista le restan otros doscientos años
de vida sin sobresaltos. La moda es la desintegración paulatina
del bólido social.
El Protagonista apura los seis escalones que lo separan
del nivel del mar. En otras partes el agua bate récords. La
buena onda expansiva de la explosión está haciendo milagros
en la fertilidad de los desiertos. Marte está cada vez
más cerca, Los Colonos se reparten las tierras sin vergüenza,
para tranquilidad de los humanoides de bien, La
Ultraviolencia garantiza la paz interplanetaria. Por lo demás,
ya nadie registra aquel peripatético fenómeno que
los antiguos intitularon “Capitalismo Tardío”. (...)
El Protagonista corre entre hologramas verdes, suspirando,
sin consuelo... ¿Qué fue de nuestro jardín? ¿Qué
fue del fresno, de las hortensias, del laurel y del nogal?
¿Qué fue del abedul, de las cañas, de las cortaderas?
¿Dónde cuelgan los helechos? ¿Quién se devoró las moras?
¿Y el cerco de aromáticas? ¿Dónde fueron a morir las
mentas? ¿Qué habrá sido de la glicina, del jazmín y de la
colección de cactus...? Ya no hay rastros del círculo de
malvones... ni de los lazos de amor... ni de la rosa china...
¡Qué haremos sin nuestro jardín!
La Serenidad, p 129/131
domingo, 30 de noviembre de 2014
La nouvelle y después
Lectura de La Serenidad por Francisco Bitar para BazarAmericano
Sobre el final de la nouvelle Bonsai de Alejandro Zambra, Julio, protagonista y aspirante a escritor, consigue trabajo como secretario de Gazmuri, autor consagrado. Gazmuri “ha publicado seis o siete novelas que en conjunto forman una serie sobre la historia chilena reciente”. Es un viejo arisco y desafiante: su secretaria anterior dice estar ocupada y su mujer –algo así como una secretaria de repuesto– está cansada de él. Es difícil conversar con Gazmuri, piensa Julio durante su primera entrevista, difícil pero agradable. El viejo lo provoca sin descanso y Julio, en el fondo, parece disfrutarlo. En un momento Gazmuri pregunta: “¿Tú escribes novelas, esas novelas de capítulos cortos, de cuarenta páginas, que están de moda?”. No, Julio no escribe novelas. Julio no ha escrito nada digno de mención. Si el viejo escritor lo pregunta es porque desprecia la literatura que se escribe hoy en día; no le interesa conocer los proyectos de su nuevo ayudante: no le importa otra cosa que dejar sentada su posición.
Y bien, esa diferencia entre las “novelas que en su conjunto forman una serie” del viejo escritor y “esas novelas de capítulos cortos, de cuarenta páginas” que aparecen como lo nuevo, no es una diferencia ajena a la literatura argentina. Podría decirse que, entre los últimos pesos pesados de nuestra novelística, entre Saer y Aira, la cuestión se dirime entre novelas que forman una serie, por el lado de Saer, y las llamadas “novelitas” por el propio autor, del lado de Aira.
En este mismo orden de cosas, la pregunta por qué cosa es una nouvelle no resulta ociosa, sobre todo cuando, desde Aira en adelante, encontramos una respuesta distinta por cada autor digno de atención. Una nouvelle es una cosa para Federico Falco y otra distinta para Carlos Ríos. Hay un tipo de nouvelle en Segio Gaiteri próxima a la de Falco pero diferente de una novela breve de Hernán Arias. Los poetas devenidos narradores encuentran auxilio en el género: Beatriz Vignoli, Matías Moscardi, Osvaldo Bossi. Iosi Havillo, con La Serenidad, responde a su manera a esta pregunta, y la editorial Entropía, con su nueva colección de nouvelle, actualiza la cuestión.
En términos que a esta altura podríamos llamar clásicos, hay dos maneras de encuadrar el género: la extensión por un lado y su encare dramático por el otro. En cuanto a la extensión, la medida varía de acuerdo a las intenciones editoriales; El viejo y el mar, por ejemplo, aparecería por primera vez como cuento en la revista Lifepero ese mismo año Scribner’s lo publicaría en su colección de novela: un género le cabe mejor a la revista mientras que el otro calza a la perfección con el formato libro, aunque se trate en ambos casos del mismo relato. Así y todo, el lector se deja engañar aunque solamente hasta cierto punto: el mínimo puede ser de 40 páginas, según un irónico Gazmuri, el máximo con suerte excederá las 100, como ocurre con las “novelitas” de Aira. En lo que respecta al encare dramático, la cuestión merece un párrafo aparte.
Con un género fronterizo como la nouvelle, necesitamos, para adentrarnos en su mecánica, de una aproximación a los dos polos que la sostienen y la tensan: la novela y el cuento. La novela, como todo el mundo sabe, es el relato de una serie de peripecias que juntas tienen por resultado la transformación del personaje central; el cuento, en cambio, consiste en el relato de un conflicto que incide directamente sobre un número también restringido de personajes: una pareja, dos amigos, padre e hijo, etc. En la novela, entonces, el foco estará puesto en la transformación del personaje mientras que en el cuento se hará hincapié en el conflicto que media entre ellos. En uno se trata de a quién le pasó tal o cual cosa, en el otro de qué cosa fue lo que pasó. (Es en esta intención de hacer pie en el conflicto, evitando a toda costa el fárrago psicologista que necesariamente contamina la novela, que, por ejemplo, Claire Keegan prefiere hablar de cuento largo y no de nouvelle al momento de referirse a su extraordinario relato Tres luces). A fin de cuentas, para una definición clásica de nouvelle en un sentido dramático, tampoco tendremos más opción que ajustarnos al medio justo: un número reducido de peripecias ocurridas a un número también restringido de personajes.
Y bien, en La Serenidad Havilio excede ambas medidas: supera por 40 las cien páginas (un exceso que, según Gazmuri, equivale por sí mismo a una nouvelle) y rebasa largamente el número reducido de peripecias que, según el modo clásico, atraviesan los personajes. ¿Por qué entonces los editores de Entropía decidieron incluir a La Serenidad en su colección de nouvelle? Acaso por poner de manifiesto el problema y por proponer, con el libro de Havilio, una manera singular de resolverlo: ofreciendo al lector un modo de lectura que puede acompasarse con el género. Una lectura rápida.
Los indicios de esta lectura no aparecen en el tipo de lenguaje empleado (próximo al barroco) ni en la descripción de situaciones siempre susceptibles a la fuga de la narración: ambos, barroquismo y fuga, son como se sabe dos caras de una misma moneda (aquella que se ha dado en llamar pliegue) y aparecen en las antípodas del modelo clásico de nouvelle. Estos aspectos alimentan en todo caso un tipo de lengua delirante y por momentos alucinatoria que hace juego con uno de los epígrafes del libro, ahí donde se refiere al capítulo mágico del Ulises en que Leopold y Stephen vuelven a casa.
Las operaciones que habilitan una lectura rápida están en otra parte. Una de ellas hace a la estructura del relato, la otra a la estructura del sintagma. A la manera del Quijote, cada capítulo aparece encabezado por un resumen anticipatorio con el recuento de las acciones destacadas (nunca más de tres) que se ocupa de indicar al lector qué parte de los sucesos deberá retener. Una vez concentrada la atención en estas pocas acciones, se desocupa al lector: la lectura deja de trabajar para volverse flotante. El narrador puede delirar en paz.
Pero este delirio -como el delirio joyceano del Ulises, no el de Finnegan´s- todavía es capaz de encontrar su sintaxis; después de todo, hasta el delirio de John Wilkins puede codificarse. Y de la misma manera que en Wilkins, la sintaxis de La Serenidad tenderá a la enumeración. Constantemente se enumeran objetos (“Un mechón pelirrojo; Media docena de cargadores; Diez pares de guantes de gamuza; Un abridor articulado ‘cabeza de turco’; Tres bics negras”); acciones (“El Protagonista podría ensayar palabras con cenizas, balbucear el lenguaje estúpido de la reconciliación, convertirse en un ciempiés que todo lo comprende”) y hasta personajes (“El Amante Del Box. El Que No Para Nunca. El Que Deja Entrar A Todos En Su Casa. El Que No Le Teme Al Destino, El Que Cualquiera Se Comería Vivo”). La enumeración, en su desencadenamiento, produce la impresión de que la lectura no cesa de progresar. En este contexto, la misma función cumplen las comas, utilizadas no de manera recursiva, como lo hace la progenie saeriana, sino progresiva, hacia delante.
Cuando le preguntaron por qué, habiendo declarado cierta admiración por los neobarrocos, su prosa aún resultaba transparente, Aira respondió que, siendo sus tramas tan enrevesadas, no podía sino conceder al lector cierto grado de claridad. Dicha claridad, en este libro de Havilio, aparece en estos dos procedimientos que son además los que traccionan la lectura, los que recuerdan al lector.
sábado, 15 de noviembre de 2014
El Filósofo
Justo a tiempo, siempre a tiempo, El Filósofo de Toda Una Generación hace su entrada triunfal. Dice: “Gracias por venir”. Interpreta (mal) la sátira del Anfitrión, despotrica en clave por el grosor de los salames, plantea una encrucijada entre estética y violencia: a la salida de un cine en Nueva York el asesino de la pantalla terminó siendo el asesino en la vida real. Según él, ahí radica el malentendido
madre, La Ética Sublingual de Lo Contemporáneo. Maximiza: “Hay que ponerse en el lugar de la naturaleza al menos una vez al día.” Todo lo demás es lamentable. El silencio, elocuente, ni para las velas queda aliento. El Filósofo De Toda Una Generación se pone a sollozar, sale de escena con el pantalón manchado de crema, locro, ¿o es excremento? Su fama queda increíblemente intacta.Una elipsis incómoda y muy lentamente renace el sonido de las copas detrás de una Pirámide Humana...
madre, La Ética Sublingual de Lo Contemporáneo. Maximiza: “Hay que ponerse en el lugar de la naturaleza al menos una vez al día.” Todo lo demás es lamentable. El silencio, elocuente, ni para las velas queda aliento. El Filósofo De Toda Una Generación se pone a sollozar, sale de escena con el pantalón manchado de crema, locro, ¿o es excremento? Su fama queda increíblemente intacta.Una elipsis incómoda y muy lentamente renace el sonido de las copas detrás de una Pirámide Humana...
AMA
MEMO FER
JAVI BEN NURIA
VICTOR MOSTER GONG
JERO POL CELE MIKA MARCELIN
EGOR MONI MERY ESTER CARO LUIS
CHATO MANCILLA DAN TUMBA STOL CATE
INÉS LENA ZOLNIK AYELÉN VERA NESSIA NATALIE
RITA VASCO MISTI VIC MANDI BULERO ROY RUY SELVA
IVAN JARA GALLE GUILLE SHIRLEY PIP ROMAN CAMILO IFIN
La Serenidad, p 16/17
sábado, 1 de noviembre de 2014
Tercera dimensión
La Serenidad según Anita Gómez (No-Retornable)
“Concentrarse sería una solución, un buen libro, poemas duros, modernos de verdad, una novela posta, inglesa, americana, le gustaría tener entre manos una historia que lo transportase lejos, a un paisaje nevado helador de gargantas, falsa calma en las mañana más desoladora.” Eso mismo que le hubiese gustado a El Protagonista, es lo que le reclamé a la novela. Al menos en los primeros tres capítulos.
jueves, 23 de octubre de 2014
Artefacto
Conversación con Pablo Chacón sobre La Serenidad
http://www.telam.com.ar/notas/201410/82315-no-hay-peor-escritor-que-un-escritor-inteligente.html
El libro, publicado por la editorial Entropía, a la manera de un artefacto retórico de diversas dimensiones, opera como una onda expansiva después de una detonación, siguiendo las palabras del autor. Havilio publicó, entre otros libros,Open Door y Paraísos.
T : ¿Qué tipo de artefacto retórico es La serenidad? Hay un protagonista pero podría ser el ensayo sobre algún grado cero.
H : La palabra artefacto se me cruzó en el camino cuando empecé a nombrar La Serenidad como un todo, mientras armaba el rompecabezas que tenía entre manos. Es probable que se lo haya tomado prestado a Parra y sus poemas visuales. El asunto es que cuando tuve una primera mirada de conjunto entreví una máquina, explosiva, o mejor, implosiva, eso mismo, un artefacto que implosiona en las manos del Protagonista. Un artefacto lingüístico, por supuesto, que es el modo en que el Yo se materializa... el artefacto estaría compuesto por todo eso que El Protagonista, es, fue y será/quisiera ser, un conjunto amorfo de experiencias sin bordes. La Serenidad es, lenguaje mediante, el desiderátum, vendrá más tarde, o nunca, en todo caso, será posible cuando se despoje de símbolos y metáforas; la serenidad no es un estado de gracia sino la onda expansiva que provoca el estallido, los instantes que siguen a la detonación.
T : El efecto que producen las mayúsculas (Mujeres, Hija, etcétera) es el de cierta impersonalidad. ¿Cuál es tu opinión?
H : Hay algo de arma tu propia aventura en el uso de las mayúsculas. Serían algo así como entidades de identidades múltiples. ¿Impersonalidad? Puede ser, o también, todo lo contrario, hiperpersonalidad. Todos esos nombres, del Protagonista a los Ratones, pasando por Padre, Madre, Bárbara (que es otra categoría, a pesar de sí misma) están subidas a los hombros de los personajes. Los mandan, los adoran y los pisotean, son sus pequeños genios. Es probable, se me ocurre ahora, que esa distancia sobreactuada, al igual que el tono de farsa emperifollada, funcione como una estrategia, la coartada de una autobiografía mal simulada, la manera de despacharme con la historia personal que como en un juego de encastre algún otro podría intercambiar por sus propias piezas.
T : ¿Cómo es una prosa dónde alternan lo real, lo simbólico y lo imaginario, si entendemos a esa trinidad como la entendía Jacques Lacan, que justamente -introduciendo lo real- evitaba toda visión del mundo?
H : Ya no sé cómo Lacan se metió en la escritura de este mundo, pero así fue. Y se coló en la enunciación de las partes, longitudinal y verticalmente, también en un sentido plástico, incluso en el argumento. Es probable que haya sido leyendo la interpretación de Zizek sobre su teoría, así llegué a la fuente, un texto maravilloso donde Lacan distingue y relaciona con el arte los tres registros de lo psíquico: real, simbólico, Imaginario. Y lo hace dándole un sentido a las palabras que me resultó revelador porque a la vez que traducía el universo, describía el proceso que venía transitando en la exploración. Lo real para el Protagonista es todo eso que es y no es, lo que le está dado y lo que permanece oculto más allá de su realidad... sucede algo similar con el termino ficción que suele reducirse a lo inventado, un facilismo espantoso. A partir de ese texto, llegué al esquema R que desde el vamos pensé como una constelación, una suerte de mapa astrológico del yo, donde está cifrada una historia, su forma y el procedimiento que utiliza para narrarlo. Es un cuadro maravilloso, una invitación al juego. Esos tres registros circulan permanentemente en la escritura, en cualquier escritura, más allá del género o el estilo; La Serenidad hace de eso su trama.
T : Entiendo que La serenidad es una pieza ajena a los protocolos narrativos más convencionales, que por defecto podrían orientar la lectura de tus otras novelas. ¿Esto es así?
H : Entiendo una buena novela, así sea experimental, costumbrista o histórica, como un texto que puede valerse por sí mismo, fundando, si algo así existiese, sus propios protocolos a partir de un entre autor y narrador... Siendo así, una buena novela podría ser una novela malísima. Las lecturas orientadas, como cualquier expresión que venga con brújula incorporada, son tristes y penosas, difíciles de querer. Estamos plagados de ejemplos de este tipo; prefiero el riesgo y la zanja, al gps y la huella. La Serenidad es un poco el resultado de una patinada.
T : ¿Qué poéticas de las que leés en la Argentina contemporánea te interesan más, o con cuáles creés tener mayor afinidad?
H : En las afinidades que cuentan, el que escribe es un fusible, un mero espectador. El que trae y lleva. Lo que me interesa y cautiva es el dialogo que se da entre las obras, esos diálogos arbitrarios, desenfadados y urgentes, movimientos centrífugos que van desde adentro hacia afuera. El control de las influencias es exasperante y malintencionado. Ahí está la verdadera pedantería.No hay peor escritor que un escritor inteligente. Claro que puedo reconocer una serie de vinculaciones pero cada vez sospecho más de que se trate de una imposición mía. Las relaciones profundas que se tejan entre una novela y otras obras incluyendo expresiones no artísticas, por supuesto, no están en la superficie ni son inventariables fácilmente. Detectarlas toma tiempo y exige introspección, ahí está la diferencia entre el ojo crítico y el ojo vigilante. Pero ya que nombraba a Parra y sus artefactos y para no esquivar el bulto, durante la escritura de La Serenidad frecuenté y conviví con cierta poesía visual que me interpeló de manera contundente. Pienso en Amalia Boselli, en Milton Laufer, en Arnaldo Antunes y en el propio León Ferrari.
viernes, 26 de septiembre de 2014
Como una obra de arte
La Serenidad (fragmento)
La noche que llevó a Bárbara, la noche que los presentó,
Ella decía que parecían Hombres Importantes, Hombres
de Negocios. Para impresionarlos, les hablaba de sus
viajes, de las giras exclusivas por la Europa Meridional como
dama de compañía de Una Elite Adicta Al Zen. Era la
época en que Bárbara sonaba como diamante en bruto, inmolada
por las dulzuras del exilio. ¡La Década Fantástica!
Manantial de alcoholes y esnifados. Proliferación de máscaras
y refinamiento. ¡Y qué fiestas! Ella que a los quince,
lolita lolita, había viajado por medio mundo, se implantaba
bigotes de espuma de cerveza, les hablaba de Moscú, de
San Petersburgo, de los bailarines de Kiev, que conocía tan
bien, de la balalaika, que imitaba con la punta de la lengua.
El Protagonista tenía miedo de que Los Rusos, en el
patio del piringundín, la embadurnaran enredados en ese
fular de zorrino que les pasaba por las narices y los cuellos.
Bárbara, derroche de suavidad, se sacaba los zapatos y hablaba
por teléfono muy Smart, de los baños de petróleo,
Millions, millions, decía... entregada a las delicias del abuso.
Los Rusos, como leones de mar, hipopótamos de río, gozaban
de la confusión. Fue la noche en que Bárbara se recibió
de Reina acuñando su axioma de cabecera:
¡Quiero Vivir La Vida Como Si Fuera
Una Obra de Arte!
lunes, 8 de septiembre de 2014
Protagónico absoluto
La Serenidad por Juan Maisonnave para Revista Invisibles
La nueva novela de Iosi Havilio marca una ruptura con el estilo narrativo que venía desarrollando y sugiere una apuesta estética hacia un campo fértil no tan transitado en el mapa literario argentino.
En un ensayo que ya tiene sus buenos años, y a partir del cual Fabián Casas acuñó un concepto de factura propia al que de vez en cuando vuelve, el poeta de Boedo decía: “(…) resulta que uno siente que el escritor debe ir siempre en contra de su habilidad. De manera que esos textos que parecen tan redondos y buenos son en realidad falsos amigos. Así que los dejo de lado o los intervengo hasta que escapan a mi control y empiezan a drenar la voz extraña. Entonces los relatos o los poemas me empiezan a dar vergüenza ajena, incertidumbre y todas esas sensaciones con las que es más difícil convivir. Ahí sé que —mas allá de los logros— estoy, como quería Kerouac, en el camino.”
Sin demasiado esfuerzo, uno puede detectar en esas palabras una crítica velada a cierto conformismo de escritor profesional, sea por el rigor y la presión editorial, sea por las necesidades siempre insatisfechas del ego, o sencillamente ante el horror al vacío que se le abre a todo narrador reconocido cuando no escribe, no publica por un tiempo o no se le conceden entrevistas ni forma parte de mesas redondas: la batalla contra la invisibilidad. Para algunos, lidiar contra eso no es tan fácil, lo que trae aparejado, muchas veces, como si no publicar regularmente causara una abstinencia de la que hay que escapar a cualquier costo, una producción sostenida, por lo general novelística, un fordismo literario que consiste en empezar a repetirse de un libro a otro, a copiarse, a trabajar como cinta de montaje que cada cierto tiempo libera otra historia eficaz, lista para que la reciban sin sorpresas librerías y suplementos culturales. Es cierto que el reproche recae sobre autores muy prolíficos, y suele hacerse la salvedad de que vale la pena seguirlos hasta cierta novela que marca su declinación, la caída en el tedioso terreno de la fórmula y el reciclaje de tonos, ideas o estructuras (Paul Auster, Andrés Rivera).
Esta pregunta -¿Iosi Havilio se cansó de su fórmula, si es que puede decirse que contaba con alguna?- surge a poco de empezar a leer La serenidad (Entropía, 2014). La ruptura con lo que venía haciendo es llamativa ya desde el uso del lenguaje y la estructura de los capítulos, con pequeños títulos-sinopsis a la usanza de la novela del siglo XVI y XVII, pero sobre todo por la intención y el juego de espejos que conforman las distintas referencias –intertextuales, culturales, filosóficas, políticas, autobiográficas- que recorren las escenas, dándole al conjunto un aire de tratado paródico cuyo punto de partida son los sucesos/aventuras de un personaje destinado a lo que parecería ser un fracaso épico, porteño y muy actual (“¿Y sobre la Década Perdida no piensa decir nada? Pero si no fue una década, sabe su Yo reidor, fueron dos años, tres a los sumo…”).
Hasta acá, la maquinaria narrativa de Havilio había utilizado ciertos ingredientes de la cultura para servirse de ellos como si fueran desechos orgánicos que nutrían al relato sin asfixiarlo, dándoles un lugar lateral pero presente, incómodo, que cada tanto regresa transfigurado o se confunde con la trama sin explicarse. En Paraísos (Mondadori, 2012) la protagonista encuentra en la basura, y se lo apropia, un tomo de la obra de Albertus Seba que perteneció a Ladislao Holmberg; en un relato incluido en la antología Buenos Aires / Escala 1:1 (Entropía, 2007), un portero tiene obras de Quinquela Martín arrumbadas en su sótano; en Opendoor(Entropía, 2006), el libro hallado es En Argentine, De Buenos Aires au Grand Chaco, de Jule Huret, con dedicatoria para Domingo Cabred.
El salto que da en La serenidad sorprende, y de nuevo es posible plantear los interrogantes: ¿el escritor, harto de sí mismo y de su prosa, que cosecha buenas críticas y no es precisamente amable ni complaciente, consideró la posibilidad de una provocación que sacuda al lector de su zona de confort? ¿Es ésta la voz extraña dictándole una novela enloquecida, catártica, compuesta de máximas, digresiones, abismada en categorías abstractas y guiños para entendidos?
Puede ser. Pero la lectura atenta de la nueva obra de Iosi Havilio sugiere también un enrolamiento –una apuesta estética- a un campo fértil aunque no tan transitado del mapa literario argentino: La serenidad es el ejercicio de una prosa poética entendida y ejecutada desde una rabiosa contemporaneidad. Sensualidad y plasticidad en las imágenes, flujo incesante de peripecias y sensación pura, discurso indirecto libre que ni una sola vez baja la calidad de las descripciones (ni cuando se trata de medialunas exhibidas en la vidriera de un bar), y que, al igual que la adjetivación rebuscada y el ritmo vertiginoso, lo apuntalan dentro de la mejor tradición de poemas narrativos, de “El fiord” en adelante.
La biografía caótica y manoseada del Protagonista –así se lo nombra- comienza con su separación, después de la cual hace un revisionismo sinuoso de su pasado y emprende el viaje inexorable hacia un futuro que lo encontrará “no tan viejo como avejentado”, un futuro tecnológico, de cataclismos y desiertos fertilizados, en el que “La moda es la desintegración paulatina del bólido social”. Sin embargo, esta experimentación formal no sólo no borró ciertas zonas de interés y ciertos vestigios autobiográficos del autor, sino que, camuflado en la piel del Protagonista, aprovechó para moldearlos a su antojo y sembrarlos a lo largo del texto mediante claves generacionales y boutades al paso (“Votaba a peronistas, radicales, al MAS, al MID, a la Ucedé. Al PI de Oscar Alende. Desmedidamente al PI”). Havilio vuelve a escribir sobre el sur de la ciudad, ya presente en Opendoor con esa escena en el puente Avellaneda y un personaje: Boca; reaparecen los piringündines y los rusos del cuento “California”, publicado en la Antología La Joven Guardia por la Editorial Belacqva en 2005 (“La antología de autores contemporáneos,¡destrócenla…!”), donde el escritor ya había despuntado esta vena poética y alucinada; otra vez, la estrella de David (“bordada a mano y con manchas de café”), como la que roban la protagonista y Eloísa en Paraísos, aunque ésta estaba adornada con diamantes.
Por otro lado, La serenidad se lee perfectamente sin saber que el título responde a una conferencia que dio Heidegger en 1955 o que el monólogo de Bárbara en el capítulo llamado “El lenguaje estúpido del amor” remeda el de Molly Bloom en el Ulises de Joyce. Lo que tal vez haga más ríspida su lectura, en especial para aquellos no habituados a este tipo de escritura expansiva y por momentos surrealista que alguna vez fue vanguardia (Néstor Sánchez), es que con el transcurrir de las escenas se vuelve un tanto agobiante, y el asombro inicial y la potencia de las frases decaen; el gesto beatnik de enunciar todo en mayúsculas deviene uno de los mayores excesos en esta novela excesiva: con el paso de las páginas el recurso pierde su efecto; el absurdo y el tono de sátira permanente carecen de contrapunto o respiro, y en ese sentido el oportuno monólogo de Bárbara ayuda un poco, cosa que no ocurre con las imágenes insertadas.
Escribir en contra del lector de Havilio, defraudarlo. A contrapelo de sus expectativas, muchas veces fogoneadas desde la taxonomía impuesta por la crítica hasta el cansancio (autor salido de la nada, en la línea de Busqued y Ronsino, etc.): escribir, entonces, en contra de él mismo, como proponía Casas. Puede objetarse que este movimiento de Iosi Havilio llega luego de haber sido elogiado ampliamente por escritores y suplementos literarios y, encima, desde una editorial de las llamadas independientes, como si les hubiera regalado un lado B, acaso inaceptable para el sello en el cual editó sus dos últimas novelas (Mondadori). Eso no quita que sea un viraje saludable, liberador, quizá bajo la influencia de algunas lecturas recientes o con un material que sólo podía ser trabajado –dicho- de esta manera; quizás, como respuesta posible a una de las tantas máximas contenidas en La serenidad: “Todas las decisiones estéticas le resultan impracticables”.
jueves, 21 de agosto de 2014
Queso fresco
Al despertar los ojos le devuelven un blanco vivo, poroso, en plan de temblor.
Un blanco sucio, inmenso. Coral y accidentado. Le va a tomar todo un minuto enterarse de que se trata de un pedazo de queso. Queso fresco de verdad. El embeleso y el desconcierto se apoderan como espuma de cada hemisferio de su cerebro. Aleja la cabeza, va y viene para hacer foco, y detrás del queso, por encima del queso, a través del queso, la cara de La Madre se vuelve nítida de a poco. Es una reconstrucción por capas finas... Esa mujer infinita que lo conoce desde la semilla, con sonrisa esquinada de coneja paciente lleva las manos debajo de la mandíbula y con movimientos lentos que administran el aire le pide calma. Tranqüilo, mueve los labios sin decir verdaderamente. Tranqüiiilo. Le reclama silencio racimando los dedos amontonados en la entrada de la boca para que coma. La Madre estaba de pie, se retiraba.
El Protagonista hizo lo que tenía que hacer. El sabor de ese queso consagrado por el recuerdo y las cracks le causaron un bienestar tan hondo y definitivo que le sucedió eso que sólo pocos experimentan a la luz del día. La bandeja de todos los verdes tenía dos platos iguales color salmón. Uno con el bloque de queso, el otro con las galletitas de agua. La madre lo había dejado solo para que el deleite, en la intimidad, se potenciara. Aunque hacía trampa espiando desde el umbral. Tranqüiiilo, le pedía calma... más calma. ¿Cuánta calma?
Antes, con la conciencia en veremos, se había desvestido detrás del biombo pasando su ropa mojada de lado a lado. Suspensión de la mirada y en lo alto de la cómoda había visto la urna de cartón forrada de un punzó descolorido que había fabricado para celebrar La Vuelta de la Democracia. El Protagonista votaba dos o tres veces por día, no siempre las mismas boletas, más bien interpretaba voluntades, oraculaba. Un poco también fogoneando un candoroso fraude. Votaba a peronistas, radicales, al mas, al mid, a la ucedé. Al pi de Oscar Alende. Desmedidamente al pi. El recuento lo hizo el sábado previo a las elecciones y coincidió con los guarismos oficiales del día siguiente aunque sus porcentajes fueran mucho más exagerados.
El queso, tanto queso, lo adormiló. La Madre lo cubrió con la manta a cuadros en la que él había empezado a reptar en tiempos de la lucha desigual, de la indiferencia. La misma, como nueva. A pesar de los vómitos, de los viajes. Todo lo suave que puede ser una colcha. Increíblemente suave. Pero no se durmió, permaneció en una semivigilia. La Madre lo llenó de libros, apuntes, colecciones enteras de revistas con celebridades. Al Protagonista le hubiera gustado agradecer pero ella seguía pidiéndole calma con un movimiento continuo hacia abajo. Calma y silencio. Para que no malgastara sus fuerzas vitales. Tranqüiiilo. Él olvidó las amenazas por un tiempo y habló durante horas de Su Profesor de Literatura sin decir "a".
Fragmento de La Serenidad
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