martes, 22 de julio de 2014

Jornada delirante


Reseña de La Serenidad por Martìn Caamaño para Inrockuptiples de Junio 

Después de tres libros más tradicionales, Iosi Havilio se arriesga en La serenidad a construir una nouvelle experimental, que bucea en los rincones de la conciencia de sus personajes reafirmando el rol clave que tiene en la ficción el artificio literario.


El de Havilio es un derrotero curioso. Sin dudas, se trata de uno de los grandes narradores argentinos surgidos en los últimos tiempos, algo que ya quedó claro con Opendoor, su primera novela. Lo que sorprendió de aquella historia narrada por esa estudiante de veterinaria anónima que decide irse a vivir al campo luego de la confusa desaparición de su novia no fue solo la precisión con que estaba escrita ni ese nuevo enfoque sobre una de las dicotomías dominantes de la literatura argentina desde sus inicios –la oposición entre el campo y la ciudad– sino el placer hipnótico de una trama en apariencia sin propósitos ajenos a los de la historia misma; es decir, sin gestos pirotécnicos externos al propio libro. La sorpresa fue entonces la vocación latente por la narración pura, algo que con el correr de los años y de las diferentes publicaciones se transformaría en un sello de autor. Quizás esto fue lo que provocó que nombres como Fabián Casas o Beatriz Sarlo afirmaran entusiastas que Havilio parecía un escritor salido de la nada, revelando cierto desconcierto en el elogio.  Luego de Opendoor, vino un cambio de frente radical con Estocolmo, el relato sobre un chileno gay que regresa a su país escapando de un novio después de pasar más de tres décadas exiliado en la capital sueca. A esa peripecia sobre las diferentes formas que puede adoptar el miedo le siguió Paraísos, la continuación de Opendoor, que sin embargo puede leerse igualmente de forma autónoma. Para ese entonces, Havilio ya había demostrado tener el don para escribir sobre casi cualquier cosa. Cualquier cosa –la descripción de un tumor en la cola de un caballo, de un dedo deforme o del brazo flácido de una diabética; los comportamientos inesperados y al mismo tiempo posibles de los personajes; ciertas palabras, ciertas escenas– que caiga bajo el encantamiento de su pluma parece volverse automáticamente interesante.
Como si la historia (y el tono) que atraviesa al personaje de Opendoor y Paraísos lo obligara a abismarse, a asumir riesgos nuevos cada vez que la deja atrás –de ahí el cambio de registro en Estocolmo–, ahora con La serenidad vuelve a dar un salto desconcertante en su narrativa. Havilio recuerda: “Un día, alguien me dice: ‘te estoy siguiendo la carrera, te convertiste en un escritor establecido’. ‘¡Qué horror!’, pensé. ¿Qué diablos significa eso? ¡Establecido! Un escritor establecido es un escritor muerto”. En este caso, la fuga de lo establecido para Havilio es una novela de sesgo experimental, en la que los personajes son más bien categorías o funciones (se llaman: El Protagonista, La Reina De La Noche, El Gran Otro, El Filósofo De Toda Una Generación, La Madre, El Padre, así, todo en mayúsculas) y cuyo verdadero protagonista no es otro que el lenguaje mismo, al que le saca chispas, produciendo durante la lectura un efecto placentero e inquietante que se asemeja al crepitar de un caramelo Fizz en la boca.
Aunque ciertos rasgos distintivos de su literatura se mantienen –la deriva de los personajes como motor del relato, la búsqueda de la supervivencia en un mundo adverso y enrarecido– La serenidad apunta a otra dirección. Ya desde uno de los epígrafes, pasando por la odisea del personaje principal durante una jornada delirante que a su vez contiene la eternidad del tiempo novelesco, las referencias a Shakespeare (con el espectro del padre Hamlet incluido) y el monólogo de Barbarita sobre el final a la manera de una Molly Bloom del conurbano, convierten a esta en una novela en la cual resuenan constantemente los ecos del Ulises de Joyce“Después de varios intentos fallidos, hace un par de años leí y disfruté enormemente la lectura del Ulises en voz alta, guiado por una frase que Joyce escribe en una carta cuando termina el manuscrito, donde dice temer que alguien se tome una sola línea en serio”, confiesa Havilio.
Por sus temas y ciertos juegos de lenguaje, en La serenidad se puede detectar, además del de Joyce, el influjo de una tradición de escritores locales como Roberto ArltCesar Aira y sobre todo Osvaldo Lamborghini“A los que mencionás podría agregar Gombrowicz,  Sánchez, al Fogwill poeta”, coincide Havilio, aunque aclara que con este libro en realidad se propuso establecer una suerte de diálogo con cierta tendencia vanguardista de la literatura argentina contemporánea. “Lo cierto es que La serenidad es el resultado de haberme sentido interpelado por escrituras del presente, algo así como influencias del futuro. Pienso en Gracias, de Katchadjian, El Tucumanazo, de Castromán, los cuentos de Falco, los textos de Aldana Capellano, el gran Roberto Echavarren, también la danza y el teatro, por ejemplo el Ulises de Ariel Farace.”
Mientras que Opendoor y Paraísos tienen como rasgo común no revelar información acerca del pasado de sus personajes, encadenados al presente elástico de la trama –empezando por la narradora, de la que ni siquiera sabemos el nombre–, en La serenidad –como en Estocolmo, aunque con procedimientos muy diferentes–, el pasado insiste una y otra vez más no sea para demostrar la imposibilidad de su restitución. Es de esta imposibilidad que se nutren los artilugios de la ficción. La historia se pone en movimiento luego de una aparente ruptura amorosa, cuando Bárbara deja a El Protagonista. A partir de entonces asistimos a un vagabundeo errático en dos direcciones: por una ciudad enloquecida aunque perfectamente reconocible, y por los rincones de la conciencia de El Protagonista. Es ahí que se activa la máquina fallada de la memoria: el recuerdo de una fiesta cercana, el regreso a la infancia, el pasado político, la caprichosa herencia legada por El Padre. La serenidad plantea la aventura de las diferentes posibilidades que puede asumir el yo; El protagonista se desdobla en su Yo Pequeño, en El Gran Otro (amante de Barbarita) o hasta incluso en su propia mujer en el instante del acto sexual.
En un momento se lee: “El seso es lo de menos, lo que vale es la conciencia”. Y ese podría ser el lema que rige la novela. Ya desde la primera línea (“El misterio está en La Sonrisa. Ni en la carne ni en los huesos”) queda certificada la supremacía de la conciencia por sobre el cuerpo; una conciencia que solo va a materializarse a través de la escritura. “¿Podés hablar claro, estúpido…?”, le reclama el Hermano Mayor a El Protagonista. Ya es sabido que cuando la que habla es la conciencia se suele dar paso al exabrupto lírico. “Llevar al oficio al paroxismo precisa de práctica, aislamiento, algo de misterio”, reza otro pasaje. Y Havilio bien podría estar hablando de sí mismo como autor. Porque, después de tres novelas, su apuesta con La serenidad parece ser justamente esa, llevar el oficio al paroxismo.

martes, 15 de julio de 2014

Una realidad fantaseada


Lectura de La Serenidad por Alejandro Boverio para Espacio Murena.
Iosi Havilio, autor de Opendoor (Entropía, 2006) y Paraísos (Mondadori, 2012), sorprende con la aparición de La serenidad (Entropía, 2014), una novela lisérgica y alocada que contrasta con su producción anterior. .
El serpenteo de la escritura toma como excusa algunos de los tópicos más gastados de la filosofía del último siglo para exponerlos, en una medida justa, al absurdo que corroe, en la novela, la idea misma de todo concepto, ya desde el título del primer capítulo: “De cómo El Protagonista rompió con Bárbara, se enredó en discusiones ontológicas y fue humillado por la presencia del Gran Otro”. Las mayúsculas que la filosofía supo reservar para conceptos que pretendían abordar una realidad ontológica mayor, aparecen aquí y allá, en solfa, para nombrar no sólo a El Protagonista o al Gran Otro −que al no tener nombres concretos representan una fábula que podría encarnar cada uno de nosotros−, sino también a “El Filósofo de Toda Una Generación”, “Pulgas Africanas”, “La Noche del Gran Cuento” y “El Hotel de las Putas de Siete Pesos”, entre tantos otros.

miércoles, 2 de julio de 2014

Los restos de la civilización


Charla con Silvina Friera alrededor de La Serenidad (Página 12. 16/6/14)




NUEVO LIBRO

“El verdadero protagonista de esta novela es el lenguaje”

La cuarta novela del escritor porteño es un extraño artefacto, tan teatral en sus excesos como barroco en su torrente lingüístico. En esta aventura narrativa, el autor pone en tela de juicio los modos de representación.
 Por Silvina Friera

Las raíces están en el misterio. De la sonrisa inicial al desenlace con el discurso de Heidegger –“la creciente falta de pensamiento reside en un proceso que consume la médula misma del hombre contemporáneo: su huida antes de pensar”– intervenido por la lengua florida del Protagonista, que pronuncia el texto frente a una multitud de ratones. La serenidad (Entropía), la cuarta novela de Iosi Havilio, es un extraño artefacto, tan teatral en sus excesos como barroco en su torrente lingüístico. En esta aventura narrativa que pone en tela de juicio los modos de representación, el escritor no deserta. El puñado de imposibilidades y problemas que despuntaban en sus anteriores novelas, acaso en estado larvario, ahora son llevados al paroxismo. La anécdota dentro de la anécdota, para el héroe de esta ficción, sería su propio suicidio. “La reconstrucción es un anhelo imposible –se afirma hacia el final del libro–. El Protagonista deja la horizontalidad y se abalanza sobre el escritorio para dejar correr lo que queda de tinta: ‘el último soplo de un hábito decadente’. Desmenuza una biografía que nunca existió en el sentido estricto. Y, sin embargo, en el fondo del relato hay tensión, trama y personajes que, al igual que los extras y los decorados, cayeron en el atiborre. Sus frases fueron frívolas y sentimentalistas. Todas las decisiones estéticas le resultan impracticables. Se le ocurre una genialidad: resignar el papel principal y ver.”
“Yo tengo una relación difícil con la palabra personaje, como la palabra trama y estructura”, confirma el escritor a Página/12. “Entiendo que existen, pero en el trabajo de la escritura, cuando esas palabras intervienen, termina notándose. Y el texto se va deshilachando. Uno de los tantos corrimientos que supone La serenidad es pensar qué es eso de un personaje. Y aparece, en mayúsculas, El Protagonista.”

–¿Cuál sería la diferencia entre protagonista y personaje?

–El personaje es una función que puede volverse carne. Y ése es el intento: pensar el personaje como una verdadera entidad, sin distancia.
En Paraísos, tengo un personaje que se llama Eloísa y yo prefiero llamarla siempre Eloísa, no nombrarla como personaje. El Protagonista es el modo en que el narrador se nombra a sí mismo, así se sublima, pateando sus funciones de personaje. Esa es su aventura. Si me apurás, te diría que en ese movimiento cobra vida.
La aventura narrativa se le escapa de las manos al Protagonista en un juego donde es héroe y antihéroe. “Yo pienso La serenidad como una descarga, como una reacción casi orgánica –reflexiona Havilio–. Hay un momento en que El Protagonista se pregunta: ¿y yo qué hago en todo esto? Yo me sumo a esa pregunta en términos literarios. La descarga se volvió un texto y apareció una posible estructura y cronología. Hay un rechazo y a la vez un homenaje a ciertas formas de representación. De hecho cuando vi la palabra ‘fin’ al cierre de la novela, me di cuenta de que debía ir ‘telón’. Yo creo que es un texto que está interpelado e inspirado por expresiones no necesariamente literarias, sino más bien musicales, teatrales, audiovisuales. Es un texto puesto en escena en la distribución, en la inclusión de imágenes. No sé si la palabra es homenaje, pero sí tiene cierto vínculo con la teatralidad. Incluso el uso del adjetivo es claramente teatral y no contemporáneo.”

–Sin embargo, hay ciertas marcas de contemporaneidad, como “los ringtones más tristes de la historia” que aparecen mencionados.

–De tan contemporáneo me sale esto (risas). El Protagonista es un pobre hombre que realmente está atrapado en un círculo de expresiones previsibles. Y le sale esta descarga, este desborde. Yo lo siento como un pedido de auxilio por fuera y por dentro. ¿Qué es esto de escribir?

–¿Y qué es?

–Hay un momento en que empecé a preguntarme por el oficio, eso que para mí era una palabra de viejos, cuando estaba terminando de escribir mi anterior novela, Paraísos. ¿Quién está escribiendo? ¿Yo, el oficio, el narrador? Se produjo un conflicto muy interesante que dio origen a esta reacción. Escribir tendría que ver con acercarse y asomarse al misterio del mundo. Y el oficio puede que atente, que domestique el misterio. Eso me dio cierto pavor. En algún momento escuché que pasé de “escritor joven” a “escritor establecido” en un chasquido. Esa palabra, “escritor establecido”, me llevó a preguntarme por la materia de la escritura. Y el verdadero protagonista de esta novela es el lenguaje.
Sigue por acá

lunes, 23 de junio de 2014

Paraísos marginales


Paraísos según Aviones desplumados (Rubén Arribas)

Le había perdido un poco la fe a Iosi Havilio tras Estocolmo,su segunda novela... Sin embargo, su buen hacer en el libro anterior, Open Door, me ha llevado en estos días a jugar el partido de desempate con Paraísos, su tercera y última novela (al menos de las publicadas en España). Por suerte, este autor argentino me ha ganado de calle y me ha dejado expectante para recibir la siguiente.

Paraísos (Caballo de Troya, 2013) es una suerte de microcosmos «armoniosamente desarticulado» donde cerca de una veintena de personajes deambulan por la vida sin saber muy bien hacia dónde van ni por qué en cada momento, sin hacerse grandes preguntas de por qué están aquí o para qué, pese a que casi siempre van de mal en peor. Son esa clase de gente que suele habitar en la marginalidad y que transita de manera algo caótica por la existencia, es decir, lejos de esa lógica ordenada y lineal que la sociedad nos propone como paradigma de la felicidad. 
La voz que nos habla de esas personas es la de una mujer algo insulsa, incapaz de cualquier atisbo de efusividad o dramatismo por terrible que sea lo que le sucede. Se le muere el marido en la primera página de la novela, la echan poco después de la casa donde vive con su hijo, emigra a la ciudad sin apenas ahorros, se ve incapaz de atender apropiadamente a su hijo, un buen día una amiga quiere involucrarla en el robo de unas joyas... Su vida es una sucesión de cosas espantosas, en general una más grande que la anterior; y, sin embargo, esta voz nos lo cuenta todo como si nada fuera con ella, como si encontrara cierta paz interior en ese sentimiento de ajenidad.

Esa suerte de extrañamiento es uno de sus hallazgos de la novela, pues termina generando un efecto inquietante, perturbador. De hecho, el gran protagonista de Paraísos es Simón, el hijo de la narradora, un personaje que apenas habla en las más de 300 páginas que componen la amalgama de extravíos de su madre. Como solo tiene 4 o 5 años, a poco que tengas cierta sensibilidad, te acuerdas tú más de él que su madre, quien parece olvidarlo en momentos cruciales: cuando cambia el cuarto de una pensión por un apartamento mugriento en un edificio tomado, cuando roba en el lugar donde trabaja, cuando se pincha un resto de la morfina que le inyecta a una vecina que tiene un cáncer terminal, cuando se pone de porros o alcohol hasta perder el sentido... Ya digo, con algo de humanidad alcanza para pensar cada pocas páginas: «Pobre pibe, qué va a ser de él».

El otro hallazgo literario es, precisamente, la relación entre madre e hijo, alejada por completo de los estereotipos «madre bohemia», «madre coraje» o «madre-todo-ternura». Esta es una madre que, por alguna difusa e inextricable razón, en vez de aislar a su hijo de los peligros y cuidarlo para que crezca sano y fuerte, lo expone sin querer a casi todos. En teoría, ella querría evitárselos; sin embargo, su caos mental —su falta de herramientas emocionales o intelectuales para enfrentarse con el mundo— es más fuerte y, de un modo u otro, contribuye a aumentar el desastre que parece envolverla. De hecho, impacta lo suyo que la persona que más tiempo pasa con Simón sea Herbert, un chico algo mayor que él, hijo de un narcotraficante que vive en la misma casa tomada y que cada tanto llega magullado porque su padre lo faja.

Pero, bueno, así de infernales son las leyes de estos paraísos marginales (literarios o no). Tal vez sea cierta esa frase de La fuerza del destino, la ópera de Verdi, que Havilio desliza justo en mitad del libro:«La vita è inferno all'infelice». Bien leída, esa sentencia resume qué viene a contarnos esta novela. La Tosca, Eloísa, Mercedes, Herbert, Sonia, Canetti, Benito, Iris, Axel y compañía no dejan de ser una panda de infelices cuyo infierno parece estar escrito de antemano. Y Simón y su madre, en particular, nos dan a entender que, de seguir por ese rumbo, ellos y quienes vengan detrás están predestinados a ser habitantes de paraísos similares.

*
PD. Aquí se puede leer un fragmento de la novela y aquí una entrevista con el autor.


Actualización del 19/06/14: Hay nueva novela de Iosi Havilio; se llama La serenidad y, de momento, solo está publicada —intuyo— en la Argentina. Por aquí, una entrevista con el autor en Página 12; por acá, el blog de Havilio.

martes, 10 de junio de 2014

El sueño de la reconstrucción


Manuel Quaranta reseña La Serenidad para Vísperas

La serenidad es un quiebre –¿es verdaderamente un quiebre o las problemáticas del escritor de Opendoor y Paraísos se repiten aunque de forma diferente?– con respecto a la producción anterior de Havilio, un lenguaje exuberante atraviesa casi todas las páginas hasta llegar a un paroxismo descomunal plasmado en frases tales como “…hierve la palabra en las cavidades textuales del protagonista y la ilación es un placer inevitable” o “…llorar, llorar, llorar, por los pobres, los muertos, los violentos, los degollados, los consumidores, los poetas, los locos, los militantes, llorar juntos por los benefactores, por los críticos y los mormones, llorar por las plantas que se van muriendo, llorar por nosotros, mucho, por nuestros parientes…y contemplarnos en el lago espejo desde el sillón roto, los pies mojados, chorreantes de pellejos, con el partido de ajedrez abandonado en lo mejor, para estirar el goce”; en este contexto cobra sentido la pintura expuesta en la tapa del libro, Les Oréades de William-Adolphe Bouguereau, en tanto cifra de lo que uno encontrará apenas comience a leer: proliferación incansable de palabras expuestas al sin sentido o a volver todo un engaño.
Iosi Havilio, La serenidad, Buenos Aires: Entropía, 2014, 146 pp. ISBN: 978-987-1768-15-8

martes, 13 de mayo de 2014

Leones

La Serenidad (fragmento)

El Protagonista se había arriesgado desplazándose al centro de la avenida para admirar su obra desde el llano. Y hoy, como nunca, su Yo Pequeño de allá arriba se esmeraba, para congraciarse. Fue entonces que vio cómo en el aire infinitos aviones de distintos tamaños, colores y espesor formaron como por arte: Tres Leones (dos despiertos, uno dormitando).


Pero no Tres Leones al azar, elegidos en la jungla porque sí: Tres Leones con sentido, modelando sus melenas para darse a conocer, Tres Leones que lo nombraban guturalmente, entre rugidos Lo nombraban, Tres Leones que lo saludan con sonrisas, aunque el soñoliento lo haga a regañadientes; la boca se le cae tarde, no hay tiempo para el asombro, estos Tres Leones están más allá de la destreza, esas melenas existen, esos colmillos lustrados lo interpelan, conocen bien El Catálogo de Sus Virtudes, Defectos, Vicios, Callos, Horrores Semanales, Lo saben de memoria, Lo vieron mirar las estrellas estúpido como pocos, emocionarse con canciones cerca de fin de año, abrazarse con desconocidos en la playa, gozar en el reviente, decir barbaridades; lo saben tuerto, payaso, adorable y muerto, podrido de romanticismo; Tres Leones perseverantes, que llevan adentro toda su hermenéutica: La Nada, La Casi Nada y otra vez La Gran Nada: lo vieron broncearse las heridas en la plaza seca de los artesanos, llorar por los pasillos de un hospital de paro, plantarse insolente frente a Un Compositor y no salir airoso, saben que un perro de chicas bien le meó el hombro mientras tomaba sol y él no supo pronunciarse, jugó el juego de la naturaleza, estuvieron cerca suyo la tarde que estrelló un gato contra la pared porque no toleraba más esos maullidos dictados por su conciencia, con pala y escobilla recogieron sus restos la noche que dijo: ¡Ésta es mi debilidad...! Merodearon la manzana los días que pasó internado: la panza un hervidero de renacuajos en la sala más soleada del mundo: embarazo múltiple y psicológico. ¡Cuánto lujo en el ajuar del dolor! Y su primogénito, blanco y rojo, apéndice de inmaculada concepción, los mismos ojos, la misma naricita... hubiera querido ser madre de trillizos... y la madre de su padre y el padre de su madre... ¡Filipino por tres noches! Pero no lo juzgan ni lo desprecian, saben perdonar. ¿Cuántas veces lo vieron feliz? Verdaderamente feliz, pleno, satisfecho de todo. ¿Siete? ¿Once? ¿Treinta y seis? Las estadísticas varían al ritmo de los criterios. El cuadro se pone en movimiento. Estos Tres Leones que son su creación le muestran ahora sus fauces abiertas de par en par, los ojos dulces, pícaros, terriblemente cómplices como diciendo: Los trenes no pasan dos veces cargados con el mismo néctar...


Trad. al inglés por Andrea Rosemberg

lunes, 21 de abril de 2014

Serenidad!





Este libro de Iosi Havilio encierra una desbocada fábula del yo. El peregrinar de un héroe que, para escapar de las humillaciones del presente, se enfrenta a las transfiguraciones míticas de su pasado. Se puede leer La Serenidad como un radical mapeo de los distintos registros de lo subjetivo, con una prosa que alterna con naturalidad y desparpajo entre lo real, lo imaginario y lo simbólico. Un relato donde los personajes, empezando por El Protagonista, se transforman en categorías abstractas; las ideas adquieren dimensiones épicas, y el absurdo se revela como ese abismo donde se diluyen los límites entre la percepción y la palabra.

«La Serenidad es una aventura que dura un día y cincuenta años: los tiempos de la novela, desde Tolstoi y Joyce. El ritmo es trepidante; las escenas, bellamente ejecutadas; las descripciones, lujosas; el lenguaje, plástico y armonioso. La Serenidad es el resultado de una feliz discusión de Havilio con los modos de novelar en el presente.»

lunes, 7 de abril de 2014

The ultimate paradox


Paraísos reseñada para Three Percent por Andrea Reece


Survival is the name of the game, but the two arrive in the city to find it flooding so bad that its inhabitants can only cross the street with the help of a rope to guide them through the rising floodwaters, scenes described by the narrator as a “rehearsal of apocalypse.” With difficulty, they find a cramped room in a seedy hotel and try to adjust to the sudden and bewildering acceleration of the pace of their lives in this utterly foreign city environment. The narrator reacts to the strangeness, as throughout the novel, by taking refuge in the visual and in her acute powers of observation of her surroundings that take in the tiniest detail—here she carefully lists all the items of food in the hotel fridge labeled with their owners’ name, and tries to imagine what the owner is like. She also has a sharp eye for interpreting the physiognomic and gestural signs that people tend to use to appraise others. Her first encounter is with Iris, a Romanian woman, native of Transylvania, who becomes her friend. Iris is described as a woman with
The carnival of bizarre characters descends into the grotesque and the absurd when the narrator gets a job administering morphine to Tosca, a grossly overweight woman who is dying of cancer. The narrator’s environment takes on the nightmarish, ghoulish tinges of a 19th century travelling circus complete with outlandish characters or a hall of mirrors with its endlessly repeated series of misshapen reflections. Meanwhile, and not entirely surprising under the circumstances, the narrator’s sleeping world and waking fears are dominated by snakes, which she tries to obliviate by drawing endless sketches of the reptiles to deaden their symbolism and turn them into mere lines on paper. The reader is drawn into this powerful, and all too real, living nightmare. The narrator herself is conscious of her alienation and the absurdity of her surroundings, and finds the solution in passivity. Not the kind of passivity where one has lost control, but the kind of passivity that never had any control in the first place. Fatality is her answer to the big questions:
The title of the novel is, of course, the ultimate paradox—the narrator’s surroundings are very far from being any kind of paradise, unless paradise can be limited to the snake in the Garden of Eden (and even then . . .). We only discover three-quarters of the way through the book that the title refers to paradise trees that are prevalent in Argentina, have toxic berries and whose bark is believed to supply the antidote to poisoning from the berries. Yet another paradox!
And because I am a translator and believe that no translated work remains entirely that of the original author, but becomes a filter through which we see the original work, and indeed a piece of literature that must stand (or fall) in its own right, a word of praise for the brilliant Beth Fowler. She has produced a sparkling piece, with a grasp of tone, voice and register that captures the paradoxes between the narrator’s thoughtful and evaluative inner world and the rough-edged characters and dire circumstances that surround her. Slang is often particularly hard to translate in a believable way without either overusing the f-and c-words, or, conversely, without toning the whole lot down too much, but here it works wonderfully and there are even some inspired lexical choices. My favorite word in the entire book has got to be “carked,” as produced by Tosca, the cancer sufferer who receives the morphine injections:
“You thought I’d carked it, didn’t you? It’ll come, girl, it’ll come, you need to have a bit of patience.”

martes, 1 de abril de 2014

Falso presente

Reseña de Paraísos para micro-revista


Paraísos. Iosi Havilio. Caballo de Troya. Madrid, 2013. 35o páginas, 22,90 €
Ni siquiera sabemos su nombre. Su marido muere de pronto, atropellado, dejándola con un bebé pequeño, Simón. El hermano del marido, Jaime, se ocupa de los trámites. No parecen tener una buena relación ella y su cuñado, parece que éste nunca la considerara de la familia; ni él ni su mujer. La tratan con condescendencia. No volverán a verse después de la muerte del marido. Unos días después llega la orden de desalojo de la casa y la finca en la que viven ella y su hijo, que se encuentra en el campo, en un lugar llamado Open Door: hay una deuda y el propietario quiere recuperarla. Le ofrecen dinero, muy poco, para unos meses. No le queda más remedio que aceptar. Con su bebé a cuestas, deja la finca y se dirige a la ciudad, adonde llega el día de las inundaciones. Toma una habitación en un hotelucho regentado por una gallega. Allí conoce a una rumana, de Transilvania, Iris, que lleva 2 años en el país…
Relato lineal,Paraísos, de Iosi Havilio (Buenos Aires, Argentina, 1974), comienza con un suceso catártico que mancha al personaje principal en adelante. A partir de ese momento lo que mantiene nuestro interés es su vulnerabilidad, la posibilidad de que caiga, así como aquellos momentos en los que descubrimos que es capaz de seguir adelante a pesar de todo. Se trata también, en cierto modo, de una novela episódica. El transcurrir natural, en términos realistas, de la historia (tanto como el transcurso del tiempo y las acciones en intensidad cotidiana), permite al lector viajar despacio de pequeño episodio en pequeño episodio. El mayor logro de la estructura de esta novela (una estructura que no se ve)es conseguir, mediante un argumento nimio, dejar sitio a algo que debe parecerse mucho a la vida.
Lo excepcional de los personajes es su condición de gente corriente, como rara vez se encuentra esa condición expresada a través de la literatura.Al principio pensamos que esa mujer que protagoniza la historia va a ser menos capaz, que nada puede más que empeorar en su vida, pero no, se mantiene, sale a adelante sutilmente, flota sobre su propia vulnerabilidad, ni más ni menos que como cualquiera de nosotros en nuestras propias vidas. Gracias a Iris comienza a trabajar en un zoo. Ahí conoce a varios compañeros. Yessica, la compañera que debe formarla pero la trata mal. Canetti, “con doble T”, jefe de ordenanza que se le pega y le propone presentarle a una persona que necesita que le pongan inyecciones todos los días, la señora se llama Tosca y es una gorda inmensa con un tumor benigno en el cogote. Ella se da cuenta de que Canetti le hace el favor porque quiere salir con ella, y se zafa. Tosca le comenta que arriba de su piso hay uno libre y le dice que puede ocuparlo a cambio de los pinchazos. Se traslada allí con su hijo. Es un sitio muy particular, un edificio ocupado desde hace décadas, conocido como el Buti por uno que murió resistiendo un desalojo allí 10 años atrás…
Novela escrita en un falso presente, presente histórico, de manera gélida, distante, contenida, acerada, que es la voz de la protagonista, el autor no incurre en frases buenas o demasiado literarias que no encajarían en la voz del personaje. Tampoco detiene su mirada en lo que no se detendría la suya. Parece cumplir el precepto de Hemingway, “escribe la historia, quita las frases buenas y mira a ver si todavía funciona”. El estilo, en su austeridad, resulta muy seductor. Expresa bien el dilema existencial de esta madre que de pronto pierde al hombre tosco del que se enamoró como “sin querer”, tardíamente, y, sola en el mundo, tiene que irse a la ciudad a buscarse la vida Se trata de un estilo que permite al lector vivir la historia, y no es sencillo lo que consigue IosiHavilio. Lo que podría parecer banal, no lo es en su caso, o, dicho de otro modo, lo banal no resulta nada banal escrito por este autor. Se interesa por todo aquello que no suele ser de interés para la literatura, algo que lo emparenta a muchos buenos cineastas contemporáneos, aquellos que depositan la mirada en sucesos de aparente baja intensidad dramática. En este sentido, Paraísos, de Iosi Havilio, resulta ser una novela rabiosamente contemporánea. Sin duda entre lo mejor que hemos leído últimamente.