viernes, 29 de marzo de 2013
Llama de Vida
Quintín candidatea Paraísos para el Libro del Año 2012, luego de elogiar Literatura Argentina de Pablo Farrés y El viento que arrasa, la novela de Selva Almada que resultó ganadora.
viernes, 22 de marzo de 2013
Un mundo raro
El escritor cruceño Maximiliano Barrientos escribió esta reseña sobre Paraísos para Iowa Literaria.
A una mujer se le muere el marido y su vida comienza de nuevo. Si de algo trata la nueva novela de Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974) es de los comienzos sorpresivos impuestos por una eventualidad que obliga a tomar medidas desesperadas. Paraísos (Mondadori, 2012) retoma el personaje de Opendoor (Entropía, 2006; Caballo de Troya, 2008). Con su primera novela la irrupción de Havilio en la literatura argentina fue toda una sorpresa, ya que era difícil asimilarla, jugaba con dos tradiciones que bien podían pensarse como contrapuestas: por un lado el imaginario de la ciudad, por otro el imaginario del campo. Opendoor establecía líneas de contactos entre esos dos universos. Lo hacía con originalidad y con una escritura poderosa que ganó elogios de escritores como Fogwill y Fabián Casas.
Paraísos retoma la historia de la primera novela. Han pasado unos años y la narradora vive con Simón, su hijo pequeño, en Open Door: un pueblo construido al lado de un hospital psiquiátrico experimental donde los locos caminan libremente por las calles. Su vida cambia súbitamente cuando su marido Jaime, un campesino hosco que le llevaba varios años, muere en un accidente de auto que nunca se esclarece, ya que el conductor que lo atropelló se dio a la fuga. Ese fue el principio de la mala suerte. La charca donde vivían es confiscada y la narradora, con 1500 pesos en el bolsillo, es obligada a retornar a la ciudad, deja ese estado de somnolencia cómoda que había sido su vida durante los últimos años.
Paraísos reproduce el ecosistema marginal de Buenos Aires donde se mezclan inmigrantes paraguayos y rumanos con porteños venidos a menos que trabajan en oficios dudosos, que viven en hoteles de paso y en edificios ocupados por gente que forma una extraña comunidad de derrotados que se protegen unos a otros, todos con historias torcidas. La narradora trabaja en el reptilario de un zoológico en el día y durante la noche se encarga de ponerle inyecciones de morfina a una vieja enferma de cáncer que le permite dormir en una de las habitaciones del edificio ocupado. El universo de la obra se construye en tono a la rareza, pero nunca trata la rareza como lo otro, como lo contrapuesto a un estado de cosas asumido como normal.
Al igual que en su primera novela, Havilio trabaja una subjetividad difícil, impenetrable para el lector (aun cuando la novela es contada en primera persona), donde es imposible dilucidar las verdaderas motivaciones del personaje. Esa impenetrabilidad para comprender qué la mueve es un acierto: crea misterio, obliga al lector a diseccionar una pasividad aparente que en algún momento producirá (o tal vez no) un estallido donde la narradora exonerará su luto–porque como El hijo, de los hermanos Dardenne, Paraísos trata de cómo se esconde la pérdida a través de la construcción de una cotidianidad aberrante que sirve como coraza que oculta lo que de verdad importa, lo que de verdad se precisa contar y de lo que el lector apenas tiene atisbos. Esa tensión se acrecienta cuando la narradora se reencuentra con Eloísa, quizás el personaje más logrado de Opendoor. Entonces era una especie de Lolita salvaje con quien emprende una aventura amorosa que casi la destruye. En Paraísos esa Lolita de pueblo creció, ya no es una niña perversa, sino una adolescente tardía que vive rápido y que se convirtió en una artista de la sobrevivencia. Su tragedia, como la del personaje de Nabokov, es que se va haciendo grande, es que su magia se va convirtiendo en polvo. En el primer momento del reencuentro, la narradora apunta: “Detestaba a Jaime, al bebé, me quería a mí pero no a mi vida”.
Narrada desde la objetividad, desde la aparente neutralidad de las emociones, la novela de Havilio construye un fresco de vidas que flotan a la deriva en las zonas menos turísticas de un Buenos Aires siempre furioso, siempre enigmático, siempre extraño.
martes, 12 de marzo de 2013
Crudeza
Santiago Fernández Patón lee Paraísos y escribe para HermanoCerdo
Dice Beatriz Sarlo, al menos en la contracubierta de la edición argentina de esta novela, que “Paraísos transcurre en una irresistible normalidad fantasmal” y viene a resumir el tono general como de “pasión y pasividad”, algo en apariencia contradictorio. En otro lugar, a propósito de Estocolmo, la novela anterior de Havilio, hablábamos de la “normal extrañeza” que desprenden todos los textos de este aún joven autor. Nada muy distinto, en efecto, a lo que asevera Sarlo, y que es sin duda la seña de identidad más reconocible en su autor desde que en 2006 debutara con Opendoor, publicada en España, al igual que el resto de su obra, por Caballo de Troya.
Si aquella novela sigue siendo a día de hoy la más valorada por buena parte de la crítica -y tal vez también por el propio autor, que recupera aquí a sus personajes protagonistas-, para quien esto firma ni entonces ni ahora alcanza el refinamiento, la sutileza -en lo que se refiere a esas claves mencionadas más arriba y que parecen signar su obra- como lo hace en Estocolmo, donde el distanciamiento, la pasión enajenada, la aparente posición de mero espectador de cada personaje incluso ante los sucesos más íntimos, se relatan con trazo preciso, tal vez menos evidente, menos abusivo, si se prefiere, que en esta tercera novela.
Fuera de toda duda, Paraísos es una obra de plena madurez escrita por un autor que logra lo que muy pocos: la construcción de una voz propia, la recreación de mundos particulares, la arquitectura perfecta para demostrarnos que la literatura, cuando es tomada en serio, aún puede cambiarnos la mirada sobre nuestro entorno. Iosi Havilio, seguro de sus armas, y tal vez de manera plenamente consecuente con ellas, las exprime hasta la última gota, lo que en ocasiones puede resultar monótono, si bien imprescindible, toda vez que aceptamos que la mirada velada de su protagonista y narradora, que su desafectación ante su misma vida, tiene que encontrar su correlato en la propia prosa del texto.
Si la muerte -expresada ya en la primera línea de la novela-, la maternidad, el amor, la sexualidad, la amistad, la miseria, la opulencia, el delito o el trabajo se posan en la subjetividad de la narradora blandamente, como nieve imperceptible que solo con el transcurso de las horas, sin ruido ninguno, cambia por completo el paisaje, parece lógico que la prosa de su autor no se conceda un solo aspaviento, una sola salida de tono, un solo remolino en esa nevada callada. La apuesta, por lo tanto, es arriesgada, y Havilio la lleva hasta sus últimas consecuencias: su narradora cuenta con inercia, de manera lineal, sin reflexiones posteriores sobre los sucesos que vive o presencia, sin apenas saltos temporales, tomando las cosas como vienen, sin alegría (aunque tampoco con desilusión), sin esperanza (aunque tampoco con resignación), sin futuro (aunque tampoco con conformismo), sin sentimentalismo (aunque tampoco con desapego), sin tremendismo, pero con crudeza. La apatía existencial nos es referida en el propio estilo de la prosa y por eso, a veces, la lectura nos puede arrastrar a un estado semejante al de la narradora. En esa identificación radica tal vez el mayor acierto de la novela, pero también su mayor inconveniente.
La estructura del texto es simple, casi escrita a modo de diario, sin apenas divagaciones, pero sí minuciosa a tramos, lo que a veces la espesa. Nos enfrentamos a la irrupción de la muerte de Jaime, el compañero sentimental de la protagonista, y su salida de Open Door. Este viraje, esta segunda parte de aquella primera novela, supone ya de por sí un proyecto literario del que se pueden presumir más entregas, pues no solo su protagonista, sino también Eloísa, es convocada aquí.
Si en la narradora vemos esa desafectación, es en Eloísa, tal y como sucedía en Opendoor, donde encontramos el contrapunto: la actividad, el apasionamiento pasajero, la fluidez, el desapego, la velocidad, el sentimentalismo, la liviandad. La aparición de Eloísa, por tanto, a primera vista puede suponer la claudicación de Havilio en continuar por la senda atonal, sobre todo cuando viene a desterrar al otro personaje femenino protagónico en la primera parte de la novela, Iris, en la que sí se puede encontrar afinidades con la narradora, trayectorias fácilmente conjugables, una historia confluyente y de aliento. Por paradójico que resulte, Havilio vuelve a ser consecuente con su envite, lo que no deja de resultar un rasgo de virtuosismo: traer de vuelta a Eloísa no es la esclusa por la que desaguar el manso cauce de su protagonista hasta convertirlo en el torrente que parece representar este otro personaje. Es todo lo contrario: supone devolvernos de pleno a paisaje sentimental de Opendoor, a esa “pasión y pasividad”, a ese final apoteósico que, no obstante, vuelve a encauzarse en esa “normalidad fantasmal”.
Paraísos es también la incursión de Havilio en un Buenos Aires sórdido por momentos, pegajosos, onírico a veces, anónimo, contenido, una ciudad hecha de retazos ambientales y biográficos que, se diría, solo puede ser retratada no tanto con palabras como con el tono de las palabras. El lenguaje de Havilio es de por sí también un reflejo de la ciudad que quiere mostrarnos. Su autor nos convence de que salir de la rural Open Door para adentrarse en esta urbe colosal solo puede ser contado, por contra, desde la nimiedad, única manera de, por contraposición, hacernos entender el heroísmo imperceptible de tantas vidas cotidianas.
Iosi Havilio decide jugar su partida con muy pocas cartas. No parece que haya modo mejor de combinarlas. Al menos si se quiere ganar sin hacer trampas, y Paraísos es una novela ganadora.
martes, 5 de marzo de 2013
Apuesta
Zona de Obras apuesta a la lectura de Paraísos.
Porque la tercera novela del autor argentino, que parte de donde concluyó su aclamada ópera prima Opendoor, es un relato de naturaleza cautivadora. Cuenta la historia de una joven viuda con un niño de cuatro años, Simón, que es desalojada de su casa de campo y decide mudarse a la capital. En la gran urbe empieza de cero, con una ocupación curiosa: gracias a su formación en veterinaria, trabajará en el reptilario. El alojamiento es más complicado: solamente halla sitio en un edificio de okupas, lleno de traficantes, prostitutas y travestis. En ese entorno, el autor detalla las reflexiones inacabadas de su protagonista (que no tiene identidad concreta en ningún momento) y su ambigua relación con Eloísa, con la que ya tenía lazos en su vida rural. La entrada en escena de la marihuana y el alcohol complica la jugada, hasta el punto de iniciar una sucesión de locuras diversas. El final es abierto, como indicando la lógica continuación en una tercera novela que dé carpetazo a las desventuras de la anónima protagonista.
Porque la tercera novela del autor argentino, que parte de donde concluyó su aclamada ópera prima Opendoor, es un relato de naturaleza cautivadora. Cuenta la historia de una joven viuda con un niño de cuatro años, Simón, que es desalojada de su casa de campo y decide mudarse a la capital. En la gran urbe empieza de cero, con una ocupación curiosa: gracias a su formación en veterinaria, trabajará en el reptilario. El alojamiento es más complicado: solamente halla sitio en un edificio de okupas, lleno de traficantes, prostitutas y travestis. En ese entorno, el autor detalla las reflexiones inacabadas de su protagonista (que no tiene identidad concreta en ningún momento) y su ambigua relación con Eloísa, con la que ya tenía lazos en su vida rural. La entrada en escena de la marihuana y el alcohol complica la jugada, hasta el punto de iniciar una sucesión de locuras diversas. El final es abierto, como indicando la lógica continuación en una tercera novela que dé carpetazo a las desventuras de la anónima protagonista.
miércoles, 13 de febrero de 2013
Opendoor en el JBW
El domingo 3 de marzo a las 14 horas, lectura y charla sobre Opendoor en el Jewish Book Week. King´s Place, Londres.
viernes, 25 de enero de 2013
Paraísos a caballo
Aquí tapa y contratapa de la edición española de Paraísos (ed. Caballo de Troya), en librerías ibéricas a partir del 21 de febrero.
Algunas veces (pocas) conviene ser modestos, ceder la palabra a voces más autorizadas que la propia y con gesto de falsa humildad chupar el valor de cambio de prestigios ya homologados en el universo cultural. Sucede además que estamos muy de acuerdo con lo que dicen Beatriz Sarlo, la gran diosa blanca de la crítica argentina, Martín López Navia, sin duda la más transparente voz crítica de la cazuela literaria española, y Fabián Casas, uno de los escritores más sólidos a este y al otro lado del Atlántico, así que la ocasión la pintan calva: les cedemos la palabra para que, de contrabando, se oiga la nuestra. O sea:"Pasión y pasividad. Havilio encontró el tono justo y el registro adecuado para contar lo extremo. Paraísos transcurre en una irresistible normalidad fantasmal."Beatriz Sarlo."Si Havilio hubiera nacido en Mondoñedo hablaríamos de él como el hijo secreto de Álvaro Cunqueiro, pero nació en Buenos Aires y por eso su literatura no le debe nada a nadie."Martín López Navia."En sus novelas está el relato puro, la voz extraña, ese trabajo invisible y esencial que solo producen los grandes escritores."Fabián Casas.Dicho queda y quien no escuche aténgase a las consecuencias.
Constantino Bértolo
sábado, 8 de diciembre de 2012
Finitud, conocimiento y jólivud
Aquí la reseña que Virginia Cosin escribió para Revista Ñ del 17/11/2012
Paraísos es la tercera novela de Iosi Havilio y la segunda de una serie que se inicia con Opendoor . Allí encontrábamos a una mujer, cuyo nombre no se devela nunca, estudiante de veterinaria, que se dejaba llevar por algunos acontecimientos extraños, hasta un pueblo en el que existía una colonia psiquiátrica y donde terminaba instalándose para comenzar una nueva vida. Nada se nos decía de su pasado y nada sabríamos acerca de su futuro. Una de las cosas que más llamó la atención de este debut literario fue el carácter displicente de su protagonista, cuyos móviles quedaban ocultos bajo el velo del lenguaje, afincado en el cepo del presente. El efecto resultaba inquietante y el lector quedaba atrapado en la trama.
Paraísos empieza un tiempo después de que termina Opendoor y retoma el mismo laconismo, la misma cadencia, y continúa desarrollándose detrás del mismo velo. Su protagonista continuará resultándonos extraña, pero no será la misma que antes.
Una pregunta sobrevuela el texto, que va regando a lo largo de su desarrollo algunas pistas: ¿Por qué “Paraísos”? Paraísos son los árboles con los que ella se cruza camino al que será su trabajo una vez que se haya instalado nuevamente en la ciudad y sus frutos, prohibidos. Como Adán en el relato bíblico al transgredir la orden de Dios, Simón –el niño que acaba de nacer al final del primer libro y ya es un niño de cuatro años en el segundo– corre riesgo de morir al comer los “venenitos”.
En el libro del Génesis se lee: “Y ordenó el Eterno Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del jardín podrás comer; mas del árbol del conocimiento del bien y del mal, no comerás; porque en el día que comas de él, morirás”. Simón no muere. Y Adán tampoco. No en ese momento. Pero toma conciencia. ¿Qué es lo que sabe, después de probar –conocer, saborear– la fruta? Precisamente: que es finito. La lógica del tiempo edénico se quiebra para dar paso al tiempo histórico y esa misma muesca se imprime en Paraísos , desde el momento en que el niño come un frutito que no debe y su madre, hasta ese momento entregada a los avatares del destino como si fueran designios inmanejables, sin sentirse jamás impelida a tomar una decisión, actuando sólo por impulsos, dejándose arrastrar por las circunstancias o los otros, se transforma. “Qué es esto que me recorre el cuerpo, esto nuevo que nunca sentí”, se pregunta ella, al borde de la cama de su hijo que vuela de fiebre. Si el paraíso es no saber, entonces la protagonista que hasta ahora –y desde Opendoor – nunca siente o nunca dice sentir nada, es por fin expulsada a la vida.
Además de árboles y frutos, en Paraísos también hay animales de muchas especies diferentes conviviendo en un mismo espacio –aunque acá estén separados entre sí y de la gente por rejas y no, como allá, sueltos– y, entre ellos, serpientes. Están las serpientes que habitan el reptilario, el sector que le es designado a la protagonista dentro de su labor en el zoológico, están las serpientes que ella dibuja, que copia de un libro que encontró tirado en la calle, está el dibujo de la serpiente que cierra el último capítulo del libro y está esa otra serpiente, encarnada por la figura de Eloísa –también partenaire de la protagonista en Opendoor – que la tienta a transgredir la ley.
Como en una buena superproducción de Hollywood, Paraísos deja la puerta abierta a una nueva entrega de la serie. El gran desafío de su autor consiste en continuar construyendo una voz original sin plegarse a fórmulas ya probadas.
sábado, 1 de diciembre de 2012
En el aire
Macarena Moraña habla sobre Paraísos en Radio Sur FM 88.3 y cita a Rilke para ilustrar el espíritu de la novela:
“Solo el individuo que está solo está puesto
como una cosa bajo las leyes profundas. Y cuando alguien sale en la mañana que
comienza o mira hacia la noche que está llena de acontecer, y cuando siente lo
que ocurre allí, desaparece de él todo estado, como de un muerto, aunque está
en medio de pura vida.”
viernes, 23 de noviembre de 2012
Ciudad y ficción
Por Ezequiel Barbosa Vera para Revista Tónica
Paraísos es la última novela de Iosi Havilio, autor de las notables Opendoor y Estocolmo publicadas en 2006 y 2010 respectivamente.
En su nuevo libro, Havilio responde a cómo narrar sin incluir circunstancias extraordinarias: Paraísos da cuenta de una experiencia urbana y social que demuele las nociones literarias de lo excéntrico y define otras coordenadas para la narración.
La novela retoma la historia de la protagonista sin nombre de Opendoor. Después de haber convivido durante cuatro años con su pareja y haber concebido al pequeño Simón, la eventual muerte de Jaime y un insólito desalojo judicial de su propiedad la obligan a marcharse de Opendoor para regresar a la ciudad que la había visto partir. Como si se tratase de un territorio virgen por descubrir, la joven madre se instala en un edificio tomado y comienza a trabajar en el zoológico casi sin proponérselo, actuando con la misma tranquila inercia que la guió a lo largo de la novela anterior. La reaparición de Eloísa, la adolescente explosiva y volátil que ya la había tentado durante su vida rural, interrumpe la aparente monotonía de su quehacer cotidiano y le pone delante la promesa de un futuro incierto pero difícil desaforadas, personajes exóticos o hechos de ignorar.
Paraísos funciona como un brillante negativo de Opendoor. La voz de la narradora, extranjera y emocionalmente amortiguada, incorpora la ciudad y la hace presente desde lo ajeno de su percepción, “observaba el conjunto sin escandalizarse, como se aceptan los sueños” comenta acerca de su hijo, aunque también puede ser leído como una descripción de su propia mirada. No expresa nostalgia ni recuerdos, tan sólo un mundo de ambientes que se construye palabra a palabra y que devuelve una extraña sensación de cercanía temporal y geográfica. Microdetalles y situaciones mínimas erigen entornos precisos y variados como los tenedores libres, el zoológico populoso o el ecosistema para nada sobrecargado del Buti, el edificio tomado.
No hay lugar para pensar en elementos marginales: la integración permanente y la cercanía de pasos mediante los que la protagonista se desplaza por la ciudad desbarata cualquier concepción simplista de centro y periferia. Havilio no opta por el mito aireano, sino que produce un mecanismo personal de la extrañeza y la ficción. No hay forzamiento, hay literatura. No sería un despropósito ni una obviedad afirmar que en el campo literario argentino contemporáneo Paraísos es principalmente una novela verosímil y casi perfecta.
martes, 13 de noviembre de 2012
Zoológico urbano
Por Javier Mattio para La Voz del Interior, 4 de Octubre de 2012
Aunque se presente como una "continuación" de Opendoor, su prometedora primera novela, Paraísos carga de aquella sólo la
anécdota de tomar su final y uno de sus personajes como punto de partida. El
resto se parece mucho más a Estocolmo,
segundo libro del autor porteño en que la contención de Opendoor se abría a un sin fin desencadenado de peripecias
internacionales regidas por un palpable y existencial malestar.
Pero en Paraísos
lo que destaca es una especie de grado cero de intensidad narrativa, que sume a
su usual desfile de situaciones grotescas (en este caso urbanas, ya que todo
transcurre en un desdibujada Buenos Aires) bajo una suerte de ánimo fantasmal
de época, ya sin aturdimientos o vértigos incómodos.
La historia comienza
con la muerte de Jaime, el dueño la chacra con el que la narradora convivía
desde el final de Opendoor, del que
póstumamente descubre que no era el verdadero propietario del campo. El
desalojo no se hará esperar, y la muchacha parte con su pequeño hijo Simón
hacia la capital en un tránsito campo-ciudad que revierte al de Opendoor . Allí se hospeda en la
habitación de una sórdida pensión y consigue trabajo en el reptilario de un
zoológico, y de ambos submundos emergerá una serie de personajes entre
grotescos, deprimentes y graciosos que rodearán a la descriptiva y sonámbula
protagonista.
Si bien la extensión de Paraísos
(350 páginas) atenta contra el continuum
ocurrente pero monótono de Havilio, la novela prueba que su autor sigue siendo
uno de los más "contemporáneos" de su generación, al menos por el
retrato agudo de una pos-ciudad en la que prolifera el extrañamiento constante
de situaciones fragmentarias y sin sentido, a veces asquerosas, otras absurdas,
otros incomprensibles, pero todas reconocibles. En ese sentido, Paraísos sea tal vez la novela más “satírica”
del autor hasta el momento, más que nada
por su capacidad para unir humor y observación, y eso sin ser
"sociológica": su impulso sigue siendo el de la ficción pura, fabuladora.
Es fallida, sin
embargo la alusión a un nivel simbólico y "metanarrativo" de la
novela, en un dibujo de serpientes que la protagonista encuentra y que comienza
a inmiscuirse en sus sueños y del que va recogiendo pistas al pasar: en una
fusión más ideal, ese choque de registros hubiera generado un "paraíso"
menos apaisado y tal vez mucho más cautivante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
